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México: la tragedia de renunciar al futuro

Oct 11
2 min read

Diego Martín Velázquez Caballero


Hay países que desperdician sus oportunidades por falta de recursos; otros, por la debilidad de sus instituciones; y algunos parecen hacerlo porque sus élites políticas han terminado por confundir la defensa de una identidad con la obligación cretina de preservar sus errores. México corre el riesgo de pertenecer a esta última categoría.

En Letras Libres, Eduardo Turrent Mena plantea una pregunta incómoda: ¿qué habría ocurrido si México hubiera aprovechado plenamente la reconfiguración geopolítica que llevó a Estados Unidos a buscar alternativas a la manufactura china? La cercanía geográfica, el tratado comercial norteamericano, la base industrial mexicana y la necesidad de construir infraestructura para la inteligencia artificial parecían ofrecer una oportunidad excepcional para elevar la inversión, la productividad y los salarios.

El argumento no depende de imaginar una utopía. Depende de reconocer que México cuenta con ventajas objetivas y que convertirlas en prosperidad exige instituciones, seguridad, energía, agua, infraestructura y certidumbre jurídica. El problema es que esas condiciones no se construyen mediante declaraciones patrióticas, sino con decisiones técnicas, políticas y administrativas que requieren continuidad.

La historia mexicana ofrece razones legítimas para desconfiar de las pretensiones hegemónicas de Estados Unidos. La guerra de 1846-1848, las intervenciones posteriores y las profundas asimetrías entre ambos países forman parte de la memoria nacional. Sería absurdo exigir que México olvidara esa historia o aceptara sin resistencia las decisiones de Washington.

En 1996, Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa se burlaban de una figura política reconocible: el intelectual o dirigente que explica la pobreza latinoamericana mediante la maldad de los extranjeros, atribuye al capitalismo todos los males sociales y considera que el nacionalismo o la expansión del Estado constituyen respuestas suficientes a problemas que requieren instituciones eficaces.

La contradicción mexicana es también cultural. Millones de personas viven entre ambos lados de la frontera, mantienen familias transnacionales, trabajan en cadenas productivas compartidas y participan en circuitos culturales que no respetan las divisiones ideológicas de los gobiernos. La economía mexicana está profundamente integrada con Estados Unidos, aunque la política nacional no siempre se comporte como si esa realidad tuviera consecuencias estratégicas.

La ambigüedad tiene un costo geopolítico: el desafío es dejar de concebir la relación con Estados Unidos como una disputa permanente por la dignidad y convertirla en una negociación permanente por la prosperidad, sin abandonar los principios democráticos ni los intereses nacionales.

La histórica cultura de la corrupción esta configurando el peor de los escenarios; hacia el 2060 sobrevivir no será suficiente. El futuro exige abandonar una falsa oposición entre soberanía e integración, así como otra entre justicia social y economía competitiva. Ninguna sociedad puede sostener su bienestar si renuncia a producir, innovar y formar capital humano; tampoco puede hacerlo si el crecimiento beneficia exclusivamente a grupos privilegiados.

La pregunta definitiva no es si México puede ser estadounidense. ¿México puede ser plenamente mexicano sin temer a la modernidad, sin confundir la cooperación con la subordinación y sin sacrificar su porvenir para preservar las certezas ideológicas de sus dirigentes? ¿Puede México dejar de ser corrupto? ¿Puede México abandonar la terrible influencia del catolicismo medieval para todas sus decisiones?

 
 
 

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