Mister Danger: La nueva gobernabilidad Latinoamericana
Xochitl Patricia Campos López
La llegada de Abelardo de la Espriella al poder en Colombia representa un cambio profundo en el rumbo político de una nación que durante años experimentó el predominio de una izquierda reformista y confrontativa. Más que hablar de una nueva derecha, convendría reconocer el retorno de una derecha de raíces tradicionales: orden, seguridad, propiedad, autoridad, empresa privada y una relación estrecha con Estados Unidos.
Pero detrás de este viraje existe un fenómeno mucho más importante que la alternancia ideológica. América Latina comienza a descubrir que la gobernabilidad del siglo XXI no puede construirse sobre las viejas fórmulas de la retórica política, el patrimonialismo, la improvisación administrativa y la utilización del Estado como patrimonio de grupos partidistas.
El caso colombiano adquiere especial relevancia porque coincide con una transformación del propio sistema hemisférico. Washington está reclamando nuevamente una relación más estrecha con los gobiernos de América, particularmente en seguridad, migración, narcotráfico, energía y comercio. Colombia, bajo De la Espriella, parece dispuesta a ocupar nuevamente un lugar privilegiado dentro de esa arquitectura.
Lo verdaderamente revelador es que incluso Venezuela, durante años uno de los símbolos más radicales de la confrontación con Estados Unidos, ha terminado reconociendo la necesidad de entenderse con Washington. La realidad económica y geopolítica ha demostrado que ningún discurso puede sustituir indefinidamente la necesidad de comerciar, atraer inversión, recuperar infraestructura y reincorporarse a los circuitos internacionales.
Esto debería ser una lección para toda América Latina.
La nueva gobernabilidad norteamericana no necesariamente significa subordinación. Puede significar, por el contrario, una oportunidad para que los países latinoamericanos abandonen la política de la queja permanente y comiencen a negociar desde sus propios intereses, pero con instituciones capaces de cumplir lo que prometen.
Durante demasiado tiempo nuestras sociedades han padecido gobiernos que confunden soberanía con aislamiento, política social con clientelismo, nacionalismo con ineficiencia y autoridad con improvisación. El resultado ha sido una combinación particularmente costosa: burocracias enormes, servicios deficientes, corrupción, inseguridad y economías incapaces de generar suficientes oportunidades.
Colombia está ensayando un nuevo rumbo. Venezuela, desde una circunstancia radicalmente distinta, también ha comenzado a reconocer los límites de la confrontación permanente. La lección para América Latina debería ser clara: el futuro no pertenece necesariamente a la izquierda ni a la derecha, sino a los gobiernos capaces de gobernar profesionalmente.
La región necesita menos épica política y más administración; menos patrimonialismo y más instituciones; menos desidia y más responsabilidad.


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