Morena ante su espejo
- Jul 15
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Pablo Cabañas Díaz
La historia tiene una ironía que pocas veces perdona a los movimientos que llegan al poder prometiendo cambiar un régimen. Derriban gobiernos, modifican leyes, sustituyen élites y transforman el lenguaje político; pero las estructuras profundas del Estado suelen permanecer. Alexis de Tocqueville (1805-1859), lo advirtió en El Antiguo Régimen y la Revolución al señalar que los grandes cambios políticos rara vez parten de una hoja en blanco. Las revoluciones pueden acabar con un gobierno, pero con frecuencia preservan las instituciones y las formas de poder heredadas del régimen anterior.
La Cuarta Transformación nació con la promesa de cerrar el ciclo neoliberal iniciado en México en la década de 1980 y devolver al Estado su papel como garante de la justicia social. No era solamente una propuesta económica; era un proyecto de reconstrucción nacional que buscaba colocar el desarrollo al servicio de la sociedad y no exclusivamente de los mercados. Esa narrativa encontró un amplio respaldo ciudadano porque respondía al desgaste de un modelo incapaz de reducir la desigualdad, elevar el crecimiento y fortalecer la confianza en las instituciones.
Sin embargo, la historia obliga a distinguir entre el deseo de transformar y la capacidad efectiva para hacerlo. Por ello resulta impreciso definir a Morena como un partido neoliberal. La pregunta relevante no es si abandonó o abrazó una doctrina, sino hasta qué punto logró modificar las estructuras económicas heredadas del ciclo neoliberal y cuáles permanecieron prácticamente intactas.
En ese terreno, la investigación reciente ofrece una respuesta más matizada que el debate político cotidiano. Juan Carlos Moreno-Brid y Edgar Francisco Pérez Medina, en The Mexican Economy’s Left Turn: What’s Right and What’s Left? (El giro hacia la izquierda de la economía mexicana: ¿qué cambió y qué permaneció?), publicado en Review of Keynesian Economics (2026), concluyen que los gobiernos de Morena impulsaron una ruptura importante en la política social mediante el incremento del salario mínimo, la ampliación de los programas de bienestar y una mayor presencia del Estado en sectores estratégicos.
Al mismo tiempo, documentan una continuidad significativa en la política macroeconómica: disciplina fiscal, autonomía del Banco de México, estabilidad monetaria, apertura comercial y respeto a los compromisos internacionales. El cambio ocurrió, sobre todo, en la orientación del gasto público, no en las reglas fundamentales en que se organiza la economía mexicana.
Esta conclusión adquiere mayor profundidad a la luz de Karl Polanyi (1886-1964), uno de los grandes historiadores de la economía del siglo XX. En La gran transformación explicó que los mercados nunca funcionan al margen del Estado; necesitan instituciones públicas que los regulen, les den estabilidad y hagan posible su existencia.
El neoliberalismo, desde esta perspectiva, no significa la desaparición del Estado, sino una determinada forma de organizarlo para garantizar el funcionamiento del mercado. Bajo esa óptica, el debate deja de centrarse en el tamaño del Estado y se desplaza hacia las reglas que sostienen el modelo económico. Es allí donde aparecen las continuidades señaladas por Moreno-Brid y Pérez Medina.
La ausencia de una reforma fiscal progresiva ilustra esa paradoja. El gobierno fortaleció la política social y elevó el ingreso de millones de familias mediante transferencias directas y aumentos salariales, pero evitó modificar de manera profunda la estructura tributaria y los mecanismos de acumulación de la riqueza. Se redistribuyó una mayor parte del presupuesto sin alterar significativamente la forma en que el Estado obtiene sus recursos. Cambiaron las prioridades del gasto; permanecieron, en buena medida, las bases del modelo económico.
Una tensión semejante aparece en el terreno político. Kevin Zapata Celestino, en What Went Wrong with Mexican Liberal Democracy? (¿Qué salió mal con la democracia liberal mexicana?), publicado por Democratic Theory de Cambridge University Press en 2026, sostiene que Morena debe entenderse menos como una ruptura absoluta con el régimen anterior que como el resultado de una transición democrática incompleta. La concentración del poder presidencial, la debilidad de los contrapesos institucionales y la centralización de las decisiones no nacieron con la Cuarta Transformación; son problemas estructurales que la democratización mexicana nunca consiguió resolver plenamente.
Por ello, conforme consolidó su predominio electoral, Morena comenzó a reproducir rasgos característicos de la cultura política mexicana: decisiones concentradas en las dirigencias, menor deliberación interna y una creciente identificación entre partido, gobierno y liderazgo presidencial. No se trata únicamente de una decisión política; también expresa la fuerza que las instituciones históricas ejercen sobre quienes llegan con la intención de transformarlas.
La realidad desmiente tanto a los apologistas como a los detractores. Morena no restauró el viejo Estado desarrollista, pero tampoco administró sin cambios el neoliberalismo. Lo que emerge es un régimen híbrido: social en su legitimidad política, limitado en su conducción económica y heredero, en buena medida, de las instituciones construidas durante la globalización neoliberal. Esa coexistencia de ruptura y continuidad constituye, acaso, la principal paradoja de la Cuarta Transformación.


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