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Morena. El nuevo cartel

Xóchitl Patricia Campos López

Aunque se menciona que resulta falso el intervencionismo de Estados Unidos hacia nuestro país, la realidad dicta todo lo contrario. La economía mexicana está inscrita en la dinámica estadounidense de modo casi absoluto. Casi nadie –en el sistema político mexicano-, independientemente de su ideología, puede hacer actos de pretendida soberanía o independencia, ahí está el hecho de que –sin importar las facilidades- México ha rechazado formar parte y encabezar el grupo BRICS. El temor a la represalias norteamericanas, cuando las cosas se ponen serias, no es insignificante.

Por eso, vale la pena atender también lo que pasa en Morena y la propuesta de candidaturas que plantea. Aunque el argumento se ha señalado como ofensivo y estrambótico, es válido decir que una gran parte de los candidatos morenistas son unos verdaderos esperpentos. Resulta algo más que una contradicción el que la mayor parte de los candidatos morenistas no tengan nada que ver con la Cuarta Transformación. Son esperpentos no por sus imágenes o figuras, sino por el oportunismo que demuestran por apegarse a una militancia que, hace poco, perseguían, demonizaban y asesinaban. El desfiguro mayor es el partido que los acepta señalando que ganan encuestas y elecciones, mientras que los fundadores no son rentables electoralmente; el partido de la más grande religión política contemporánea en el país turnó en un instituto altamente pragmático. Sin embargo, todo pasa porque –como en el caso de otras temáticas- alguien lo permite y coopera para que el curso de las cosas siga tal ruta. Por ejemplo, el narcotráfico mexicano nunca ha podido establecer una confederación frente al Imperio Yanqui que le permita negociar la oferta y demanda de los psicotrópicos; los agentes políticos internos y externos procuran mantenerlo así para ejercer alguna ventaja sobre el mismo. Los Estados Unidos mantendrán el caos en el narcotráfico mexicano porque hasta ahora les resulta conveniente; cuando la situación derive en externalidades negativas para ellos, entonces, pueden permitir la estructuración de un trust capitalista para regular el comercio.

Después de la Transición Política, la sociedad mexicana no se ha regulado y el caos se transforma en algo cotidiano. Los gerentes y tecnócratas del régimen neoliberal hicieron del terror la generalidad. No se pudo gobernar fácilmente a los mexicanos como lo suponía la globalización democrática. Si al final el PRI resultó conflictivo, los neoliberales hicieron las cosas peor. El conflicto político puede generar daños colaterales a Estados Unidos que ahora observa un declive en su hegemonía global; por tal razón, como en 1929, el imperio autoriza la construcción de un régimen bonapartista para regular a los mexicanos y negociar con el como un cartel. El antiguo Partido Oficial fue un partido cartel que, según la teoría política, se convierte en una extensión del estado y monopoliza la representación política. Si Morena tiene éxito en las próximas elecciones, es altamente probable que se convierta en algo así. Como en el caso de las confederaciones de criminales que autoriza Estados Unidos para estabilizar sus diferentes relaciones mercantiles ilícitas, Morena será un Partido Cartel que, como Álvaro Obregón, firme cuantas veces sea necesario los Tratados de Bucareli.

Morena, como a principios del siglo pasado el PNR, se articula en esa confederación de caciques, caudillos y conservadores que ponen su empirismo político al servicio de Estados Unidos para gobernar el país conforme a los intereses del gran capital.

El no cumplimiento de los artículos 27, 130, 123 y 3 constitucionales permitió un modus vivendi con el imperialismo que resultó conveniente para ambas partes: generó colonialismo y estabilidad. El PRI fue una franquicia para los intereses norteamericanos, nunca funcionó como gobierno, pero generaba estabilidad.

Durante la transición, Norteamérica consideró que México podría alcanzar la madurez para integrarse de una forma más funcional a la economía imperialista; pero no fue así. Paradójicamente, nadie pudo sustituir la gobernabilidad priista. El Partido Oficial, Cártel de la Revolución Mexicana, fue funcional, pero nunca modernizó México ni lo preparó para coexistir con una economía de mercado que el neoliberalismo globalizador proyectaba. Tampoco lo educó ni lo democratizó. Miguel Basañez afirma que el PRI tuvo la hegemonía política, nunca la hegemonía económica y, mucho menos, la social. Las cosas, al parecer, siguen igual; o peor. Nadie tiene la hegemonía en México, sólo los Estados Unidos.

Históricamente, la estabilidad mexicana sólo se ha generado en periodos de bonapartismo o dictadura. Por lo que imaginar espacios de sociedad civil, liberalismo, democracia e igualdad, resulta contradictorio. Ninguno de los partidos que siguió al PRI pudo regenerar el clientelismo, corporativismo, cacicazgo y conservadurismo, tan necesarios para el desarrollo de la economía norteamericana; pero, al mismo tiempo, onerosos en un contexto de fin de la Guerra Fría.

Ahora, Morena ha recibido la consigna del imperialismo para organizar –como el PRI- a la clase política del país. Desde esta perspectiva, se comprende que sus postulantes no son los candidatos ideales, mucho menos los que van a transformar México en una democracia liberal capitalista; sólo representan los personajes que, como en la época de Calles, Cárdenas y Ávila Camacho, generan gobernabilidad autoritaria en un caos como el estructurado por la Revolución Mexicana y, ahora, en la terrible realidad que dejó el neoliberalismo.

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