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Morena: izquierda atrapada en el partido cachatodo

  • Jul 13
  • 3 min read

Xochitl Patricia Campos López


Desde que Morena emergió como la fuerza política predominante en México, muchos analistas han señalado que su origen y estructura parecen reflejar la herencia del autoritarismo y el corporativismo del PRI. La diferencia, en apariencia, es que ahora Morena se presenta como la cuarta transformación, la opción de izquierda que rompe con el pasado, pero en la práctica, su funcionamiento y lógica interna parecen estar mucho más cerca de aquel sistema hegemónico que dejó huella en la historia mexicana.


El PRI, por décadas, fue un partido que logró consolidar un sistema en el que cabían todos: desde empresarios, sindicatos, intelectuales, militares, hasta sectores religiosos y diversos grupos sociales. La ideología era flexible, y el presidente era el árbitro supremo que, en nombre de la estabilidad y el orden, lograba mantener un equilibrio precario entre esas fuerzas. La política mexicana, en esa época, funcionaba mediante un sistema de pactos, cuotas y control del aparato institucional, en el que la competencia electoral era formal y controlada, y la verdadera disputa se daba en los corrillos del poder.


Morena, en sus primeros años, parecía representar un cambio sustantivo: una izquierda que rompía con la lógica del autoritarismo priista, una opción que reclamaba la justicia social y la democratización del país. Sin embargo, en la práctica, ha ido reproduciendo ciertos rasgos que, desde la teoría politológica, caracterizan a los partidos atrapatodo: partidos que, lejos de consolidar una identidad ideológica clara, buscan absorber o controlar todo el espectro político y social, en un intento por mantener el poder sin confrontación real.


Uno de los principales rasgos de estos partidos es su enorme flexibilidad ideológica, que les permite convivir con diferentes sectores, desde la derecha más conservadora hasta la izquierda más radical, la corrupción favorece la estabilidad del sistema, pero limita la posibilidad de una transformación genuina. Morena, en su afán de ser la representación de todos, termina siendo la expresión de un grupo de líderes y cuadros que controlan las instituciones y las decisiones políticas.


El ejemplo más evidente es la forma en que Morena ha establecido alianzas y pactos con sectores que, en otros momentos, se consideraban enemigos políticos. La misma narrativa oficial ha tendido a presentar la lucha política como una alianza de fuerzas que, en realidad, en la práctica, refuerza la concentración del poder en un solo actor: el presidente y su círculo cercano. La lógica del partido de todos se traduce en una estructura en la que no hay oposición interna real, sino una especie de consenso forzado que impide el debate interno y la pluralidad.


El riesgo de esta estrategia es que, en lugar de consolidar una verdadera alternativa de cambio, Morena se convierte en un elemento más del sistema, atrapada en su propia lógica de control y absorción. La izquierda que alguna vez soñó con un proyecto de transformación estructural corre el peligro de diluirse en un partido que, en el fondo, busca mantener el status quo, en una versión moderna del PRI que, más que un partido de ideologías, es un aparato de poder. Morena puede alcanzar un 80% en las preferencias electorales, pero el faccionalismo colaborador que le define resulta sumamente frágil frente al exterior, por ejemplo, Estados Unidos.


En el pasado el PRI fue el símbolo del corporativismo y el control hegemónico, Morena parece seguir esa misma senda bajo una máscara diferente. La diferencia es que ahora, en nombre de la cuarta transformación y la revolución de las conciencias, se ha instalado la lógica del partido cachatodo donde la pluralidad y la crítica son secundarias frente a la necesidad de mantener un poder que, en realidad, parece más interesado en preservar su parcela que en promover cambios profundos que rompan con las estructuras del sistema. La verdadera transformación requiere, más allá de las alianzas y pactos, de una ruptura con esa lógica de control absoluto y de una apertura genuina a la pluralidad de voces y proyectos políticos.

 
 
 

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