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Morena y el reciclaje político

Xochitl Patricia Campos López


No obstante que el concepto de transfuguismo parece ser la constante en la nominación de los candidatos de MORENA a distintos cargos de elección pública, es necesario reconsiderar el caudal de políticos que están incorporándose al Movimiento de Regeneración Nacional porque la precisión de la evidencia señala el reciclaje político en lugar de la migración partidaria. La búsqueda de una mayoría legislativa que promueva las pretendidas reformas de AMLO, está orientando al instituto partidista en el gobierno para recoger –tal como partido escoba o basura- un perfil de clase política y facción que puede caracterizarse como vintage respecto del modelo de acuerdo político que consensaba grupos políticos diversos en el pasado inmediato mexicano. La muestra de los procesos internos de MORENA evidencia que la izquierda feminista progresisita ha sido sacrificada en razón de los políticos pragmáticos y, sobre todo, de expriistas identificados con el populismo, tradicionalismo y personalismo.

Los grupos progresistas, socialistas, radicales y ecofeministas, en su mayoría, han mantenido una aceptación incómoda de los grupos tránsfugas que monopolizan la mayor parte de las propuestas electorales para los cargos públicos de elección. No ha habido una salida o ruptura de Morena; sin embargo, ¿qué ocurrirá con la votación y la participación social? Parece probable que, dada la importancia de 2018 y la ola lopezobradorista que la estigmatizó, resultará insuficiente la votación esperada para esta elección presidencial en comparación con las proporciones de la legitimidad obradorista en aquel entonces.

La mayor parte de los candidatos morenistas en diversos cargos resultan incomprensibles, por no decir inaceptables. Las nuevas adquisiciones de cuadros políticos en Morena, no tienen nada que ver con los principios de la Cuarta Transformación; inclusive, también los políticos morenistas que se reeligen, poco hicieron por consolidar –efectivamente- la 4T.

El reto de la campaña presidencial de Claudia Sheinbaum es significativo frente al transformismo morenista. El círculo rojo habla de la construcción, o retorno, de un régimen bonapartista –cesarismo gramsciano decía José Woldenberg-; o sea, el convenio de fuerzas políticas nacionalistas frente a la falta de hegemonía por parte del sector empresarial así como de las clases sociales marginadas. El tríangulo, o cuarteto, imposible de la hegemocracia en el país, le da a las camarillas políticas principales la posibilidad de actuar como intermediarios entre diversos intereses económicos, extranjeros, sociales, políticos y criminales. ¿Puede ser Sheinbaum el Primus Inter Pares de una coalición pragmática de facciones y coaliciones de poder? ¿Puede Sheinbaum ser como Catalina la Grande o, al menos como la Malinche, para estar metaconstitucionalmente al frente de las instituciones del alicaído Estado Mexicano?, ¿Puede Sheinbaum ser el supremo comandante del círculo negro pretoriano?

Por supuesto que puede, pero es tiempo de que ese faccionalismo colaborador que distinguía al Modelo de Coalición Hegemónica se haga manifiesto y patente. Las nuevas adquisiciones de Morena están adelantando la desobediencia y desapego a los elementos que distinguen la Cuarta Transformación. Ni promueven la unidad, ni buscan la gobernabilidad o contribuyen al caudal de votos que necesita la reforma constitucional morenista anhelada.

El reciclaje político representa el poder banal y el cinismo absoluto. Morena busca ser el PRM de Cárdenas, pero cada vez se parece más al PRI de José López Portillo. Aún con la vigencia del “cambio sin ruptura”, la innovación socialdemócrata es una necesidad vital en el mundo postcovid, postnorteamericano y postneoliberal.

El reciclaje político constituye una señal de la poca inteligencia en los dirigentes de Morena y una mala inversión del capital político; cuando no, una candidez que será costosa en el futuro inmediato. El pragmatismo debe servir para sentar bases firmes del segundo piso de la Cuarta Transformación, estructuras operativas y evidentes; de lo contrario, apenas alcanza para rasguñar la presidencia de la república en medio de una hecatombe de faccionalismo, ideología, delincuencia organizada y manifestaciones sociales diversas que hacen imposible cualquier gobernabilidad.

Con todo y la ventaja de las encuestas, la campaña por la presidencia se manifiesta competida y la falta de apoyo por parte de los recién llegados al morenismo está comenzando a hacer mella. Es fundamental que además del voto corporativista, también el voto ciudadano y libre se busque en forma comprometida y auténtica.

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