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Muchos desaparecidos y pocos culpables

Diario de un reportero


Miguel Molina


Durante los últimos sesenta años desaparecieron en México cinco personas al día, según cifras oficiales. Una desgarradora tragedia, según la oficina de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos y los comités y grupos de trabajo que están pendientes del tema.


Y durante los ultimos cuatro años el número de desaparecidos se elevó a veintidós por día: hasta no hace mucho – porque la cifra aumenta cada día – había casi treinta y dos mil personas cuyo paradero nadie conoce. Si las fiscalías fueran empresas privadas ya habrían sido despedidos muchos funcionarios.


Está el ejemplo de Veracruz, aunque podría ser otro estado. Por ejemplo, el año pasado – según la Fiscal del Estado – se investigaron mil doscientos noventa y cinco casos de personas desaparecidas, y se localizó a mil veintitrés de ellas. De las doscientas setenta y dos restantes no se sabe nada.


Ochenta y siete presuntos responsables han evadido la acción de la justicia, y siete – u ocho, según la versión que uno lea – cumplen sentencias de hasta cien años en cárceles veracruzanas. Son muchos desaparecidos para tan pocos culpables.


Pese a todo, la fiscal de Veracruz, Verónica Hernández Giadáns, aseguró en su comparecencia ante el Congreso del Estado que la Fiscalía ha dado atención integral a los familiares de desaparecidos, y dijo que entendía su dolor.


Mientras la funcionaria daba cuentas a los diputados dentro del edificio, en la calle había representantes de colectivos que la calificaron de "mentirosa y embustera", porque desde hace por lo menos tres años se suspendieron las mesas de trabajo, las carpetas de investigación están archivadas y pueden haberse perdido muchos expedientes.


Ella dijo, ellas dijeron, pasa el tiempo, y los desaparecidos siguen desaparecidos. Pero las cuentas no son el fuerte de la administración.


No salgan para no sufrir

Lo que sí se hace a toda prisa es declarar como maleantes a los muertos más recientes, práctica común a otros gobiernos. Lo que también se hace es anunciar medidas que de poco han servido en otras veces para reducir la violencia, como recomendar a quienes viven en Veracruz-Boca del Río que no anden de noche por "lugares de peligro", que puede ser cualquier parte.


Y nadie sabe quién es Araly

Sabemos que se llama Araly Rodríguez Vez y que gana siete mil doscientos pesos como empleada de la secretaría de Educación de Veracruz. Sabemos que tiene un contrato por más de cuarenta millones de pesos para compra de uniformes para policías.


Sabemos que tiene siete contratos por treinta y cuatro millones de pesos para comprar batas quirúrgicas y overoles para la secretaría de Salud, y sabemos que su empresa – si es que existe – se dedica más bien a la informática y a negocios inmobiliarios.


También sabemos que el secretario de Seguridad, Cuauhtémoc Zúñiga Bonilla, firmó los contratos con la señora cuando era subsecretario de Operaciones de la dependencia, y que hace dos meses se comprometió con el Congreso del estado a dejar en claro en cuarenta y ocho horas quién es Araly Rodríguez Vez.


Han pasado más de mil quinientas horas y muchos minutos desde entonces, y todavía no sabemos quién es esa señora ni por qué le dieron todos esos contratos.


Desde el balcón

En aquellos tiempos, el gobierno advertía que Dios da el agua pero no la entuba, y la imagen – o cuando menos la frase – se quedó en el recuerdo y apareció una mañana de miércoles a la hora de revisar las plantas del balcón con la regadera roja cargada de agua al tiempo.


Una cosa trajo la otra, y uno terminó pensando que los conflictos de este siglo serán por el agua, y de manera más específica por el agua que no vemos pero está en las venas de la nación, y es más importante que el petróleo para la vida de la patria impecable y diamantina.


Uno quisiera tener el tiempo y la manera de estar en el Colegio de Veracruz el mediodía del sábado dieciocho de febrero para la presentación del libro Agua

subterránea, cuyos autores – Samuel Schmidt, Gonzalo Hatch Kuri y José Joel Carrillo Rivera – van a hablar sobre lo que se ha hecho y lo que se puede y se debe hacer con lo que corre en el subsuelo, una riqueza en peligro.


Lo demás, como uno bien sabe, es lo de menos. Y uno alza una copa de malta que es como el sauce de Tablada: casi oro, casi ámbar, casi luz.

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