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México ante la tormenta que viene de Estados Unidos (Versión revisada)

Sep 20
13 min read

José Romero

México puede sufrir una recesión originada fuera de sus fronteras. La energía cara reduce el poder de compra y eleva los costos de producción en Estados Unidos y Europa. La inflación dificulta bajar las tasas de interés. Los gobiernos destinan más recursos a defensa y guerra cuando sus bancos centrales buscan contener el gasto. Si esta combinación se prolonga, el debilitamiento del consumo y la inversión puede convertirse en una contracción que alcance directamente a la economía mexicana.

México tiene una exposición especialmente difícil de corregir. Una parte decisiva de su industria exportadora fue organizada para abastecer a Estados Unidos: las plantas, los productos, las redes de proveedores y la logística responden a ese mercado. Europa y Asia no pueden reemplazarlo en el tiempo que tarda una empresa en reducir pedidos. La diversificación requiere capacidades y relaciones comerciales que no se improvisan durante una crisis.

El país recibiría entonces dos golpes simultáneos: vendería menos y pagaría más por insumos indispensables. Si además se deprecia el peso, la factura de importaciones aumentaría y reavivaría la inflación. Banco de México tendría menos margen para abaratar el crédito justamente cuando las empresas necesitaran financiamiento para sobrevivir. El estancamiento podría convertirse en pérdida de producción, empleo y capacidad industrial.

Energía cara y tasas altas

El encarecimiento energético actúa sobre toda la economía. El hogar que destina más dinero a gasolina, electricidad o calefacción dispone de menos para otras compras. La empresa que paga más por transportar y producir necesita subir precios o aceptar menores márgenes. Si la perturbación persiste, se posponen inversiones y contrataciones. En los países importadores de energía se añade una transferencia de ingreso hacia los productores externos.u

Las guerras en Medio Oriente comprometen suministros y rutas comerciales. El daño se extiende a países que no participan en el conflicto porque petróleo, refinados, seguros y fletes se negocian en mercados internacionales. Una ruta interrumpida obliga a buscar otra más larga; una refinería dañada puede encarecer el diésel aunque todavía haya petróleo disponible. La Oficina de Presupuesto del Congreso estadounidense, CBO, identifica precisamente esas interrupciones como una fuente de presión inflacionaria que alcanza gradualmente a bienes y servicios no energéticos. [1]

Estados Unidos registró en agosto de 2026 una inflación anual de 3.4%; el componente energético aumentó 16.3%. El 16 de septiembre, la Reserva Federal elevó un cuarto de punto su tasa objetivo, a un intervalo de 3.75 a 4%, para acelerar el retorno de la inflación a su meta. [2, 3] La energía encarece la vida y la respuesta monetaria encarece las compras financiadas. Automóviles, vivienda, maquinaria y ampliaciones industriales reciben presión por ambos lados.

En Europa, la dependencia energética expone a hogares e industrias al mismo mecanismo. El Banco Central Europeo proyectó en septiembre un crecimiento de 0.9% para la zona del euro en 2026 y un máximo de inflación de 3.6% en el cuarto trimestre. Su escenario central supone que la perturbación energética se disipará y que la actividad se recuperará. [4]

La Fed todavía describe una expansión sólida y el BCE prevé crecimiento positivo. La recesión simultánea que aquí se examina es un escenario de riesgo: surgiría si la energía permanece cara y la restricción financiera termina debilitando el consumo y la inversión más de lo previsto.

Las tasas altas pueden reducir el gasto y frenar la propagación de la inflación. No reparan una instalación petrolera ni restablecen una ruta marítima. Cuando el problema de oferta persiste, parte del ajuste recae sobre la actividad: se compran menos bienes, se construye menos y se utiliza menos capacidad. Para México, eso significa menores pedidos de su principal comprador, incluso antes de que Estados Unidos registre una caída del PIB.

El gasto militar complica el ajuste

Los compromisos de defensa y guerra añaden una tensión fiscal. Estados Unidos debe financiar operaciones y reponer equipos; los países europeos refuerzan sus capacidades militares y sostienen compromisos relacionados con Ucrania. La CBO estimó que las operaciones estadounidenses contra Irán habían costado al Departamento de Defensa unos 38 mil millones de dólares hasta el 1 de agosto de 2026. Es una estimación del costo militar, no de todas las pérdidas económicas del conflicto. [1]

El gasto militar genera producción y empleo en las actividades que lo reciben. El propio BCE incorpora el mayor gasto en defensa e infraestructura entre los apoyos al crecimiento europeo. [4] La contradicción aparece cuando una expansión fiscal neta, financiada con déficit, sostiene demanda mientras la política monetaria intenta moderarla. Si además existen cuellos de botella, las compras públicas pueden presionar precios y prolongar la necesidad de tasas elevadas.

El problema depende de cómo se financie ese gasto. Con deuda, aumentan los compromisos futuros y las necesidades de colocación de bonos. Con impuestos o recortes de otras partidas, el costo se traslada al ingreso privado o a los servicios e inversiones desplazados. La combinación de prioridades militares y restricción monetaria puede cargar el ajuste sobre el consumo y la inversión civiles.

Esa composición importa para México. Un aumento de pedidos a fabricantes de armamento no reemplaza en igual proporción las compras estadounidenses de automóviles, electrodomésticos o componentes producidos aquí. Los proveedores, las certificaciones y las condiciones de contratación son distintos. Una economía puede sostener parte de su PIB mediante gasto militar mientras se debilita la demanda específica de la que viven muchas plantas mexicanas.

La guerra encarece suministros y exige desembolsos, mientras la política antiinflacionaria restringe crédito. Hogares y empresas civiles absorben parte del costo. Si el conflicto se prolonga, también se prolonga esa presión sobre los compradores de México.

La deuda y la apuesta tecnológica amplifican el riesgo

Las tasas elevadas pesan más cuando hay deudas que renovar. En febrero, la CBO proyectó que la deuda federal estadounidense en manos del público alcanzaría 101% del PIB al cierre del ejercicio fiscal 2026 y 120% en 2036. [5] Una obligación a tasa fija conserva su costo hasta vencer; el encarecimiento se acumula cuando se emite nueva deuda o se refinancian vencimientos. La persistencia de intereses altos reduce gradualmente el margen del presupuesto.

El mismo mecanismo opera sobre empresas y hogares. El deudor destina más ingreso al financiamiento y menos a nuevas compras. Una compañía puede cancelar una ampliación antes de tener dificultades para pagar. Un hogar puede aplazar un automóvil sin estar insolvente. Esas decisiones bastan para reducir ventas mexicanas. La transmisión comienza mucho antes de una crisis bancaria.

La inteligencia artificial agrega una exposición distinta. Pablo Hernández de Cos, director del Banco de Pagos Internacionales, señaló en septiembre que las cinco mayores tecnológicas preveían invertir más de un billón de dólares en actividades relacionadas con IA durante 2025 y 2026. Advirtió sobre una dependencia creciente de deuda y crédito privado, así como sobre inversiones cruzadas entre empresas que a su vez se compran equipos y servicios. [6]

La rentabilidad de esa expansión depende de que los ingresos justifiquen la capacidad construida. Si las ventas quedan por debajo de lo esperado, las empresas recortarán proyectos y sus acreedores absorberán pérdidas. El avance técnico puede continuar mientras fracasan inversiones particulares. Para México, la corrección significaría menos pedidos de equipos y componentes, obras suspendidas y recursos que las matrices dejarían de enviar a sus filiales.

El riesgo se amplifica cuando los inversionistas operan con deuda. La Fed informó en mayo que el apalancamiento de los fondos de cobertura permanecía cerca de máximos de su serie. [7] Una caída de activos puede obligarlos a aportar garantías y vender posiciones. Si muchos venden a la vez, bajan los precios, se deterioran otras garantías y el crédito se vuelve más escaso.

Una corrección financiera grave agravaría el escenario recesivo. También podría acelerarlo: las empresas restringen pagos e inversión para proteger sus balances, mientras los bancos y fondos endurecen las condiciones de financiamiento. México recibiría el ajuste tanto por sus clientes extranjeros como por los recursos con que sostiene su producción.

México no puede cambiar de mercado de inmediato

La concentración exportadora mexicana está incorporada en la organización industrial. El análisis de la Reserva Federal de Dallas describe una manufactura transfronteriza en la que insumos estadounidenses pasan a México, se incorporan a procesos de producción y regresan como bienes finales o componentes. [8] Esa integración construyó plantas y empleos alrededor de compradores concretos.

Una fábrica de autopartes produce para determinados modelos y plataformas. Sus moldes, pruebas de calidad y entregas están ligados a contratos específicos. Si la armadora estadounidense reduce producción, el proveedor mexicano no puede vender automáticamente esas mismas piezas a una empresa europea o asiática. Antes necesita otro cliente, validaciones técnicas y, con frecuencia, adaptar sus procesos. Durante ese intervalo siguen venciendo nóminas, créditos y pagos a proveedores.

Algo similar ocurre con equipos eléctricos, electrónicos y otros bienes manufacturados. La distancia, las normas técnicas, los canales de distribución y los servicios posteriores a la venta modifican el costo de atender cada mercado. El acceso arancelario facilita una operación; no crea por sí mismo al comprador ni vuelve intercambiables los productos. Un tratado comercial no sustituye una red de ventas.

También cuenta quién decide. En las filiales extranjeras, la asignación de productos y destinos depende a menudo de la estrategia mundial de la matriz. Una empresa puede tener plantas en varias regiones y reservar a cada una mercados distintos. Que una instalación esté en México no significa que sus directivos locales controlen la marca, el diseño o la distribución necesarios para cambiar de destino.

La nacionalidad del inversionista tampoco resuelve esta dependencia. Una planta alemana, japonesa o coreana instalada aquí para abastecer a Estados Unidos sigue expuesta al consumidor estadounidense. Diversificar el origen del capital no equivale a diversificar la demanda final. Varios inversionistas pueden compartir el mismo comprador y reducir actividad al mismo tiempo.

Europa tendría además sus propias dificultades si el choque energético y financiero desemboca en una contracción. Asia cuenta con fabricantes, proveedores y redes comerciales consolidados. Entrar en esos mercados exige competir con ellos, asumir nuevos costos y construir relaciones. México no puede sustituir a tiempo la demanda estadounidense mediante una simple redirección de embarques.

El nearshoring conserva esa dependencia. Su promesa consiste, en gran medida, en producir más cerca de Estados Unidos. Si cae la demanda final o aumenta la incertidumbre sobre el acceso, algunas inversiones perderán rentabilidad. México podría ganar participación en ciertas cadenas y recibir, al mismo tiempo, menos inversión de la prevista. Una mayor cuota de un mercado debilitado no garantiza una expansión de la producción.

La revisión del T-MEC añade incertidumbre al horizonte de recuperación de una planta. El artículo 34.7 contempla revisiones anuales cuando no se confirma la extensión en una revisión sexenal. [9] Para una empresa que calcula ventas a muchos años, las dudas sobre reglas de origen, aranceles o condiciones de acceso pueden bastar para aplazar una nueva línea. No hace falta que cierre la fábrica: el daño también consiste en capacidad que deja de construirse.

La rivalidad con China complica el abastecimiento. Una planta mexicana puede vender al norte y depender de componentes asiáticos. Sustituirlos requiere proveedores capaces de cumplir especificaciones, plazos y volúmenes. Una confrontación en torno a Taiwán añadiría un riesgo de interrupción tecnológica y logística. La cercanía al consumidor estadounidense no protege de la falta de una pieza indispensable.

La depreciación encarece la vida y el crédito

El tipo de cambio puede reaccionar antes que la producción. Si disminuyen las entradas de capital, aumenta la demanda de dólares o se deterioran las perspectivas mexicanas, el peso queda bajo presión. La investigación del BIS encuentra que las alzas de rendimientos estadounidenses son más perjudiciales para las economías emergentes cuando coinciden con apreciación del dólar, mayores primas de plazo y expectativas inflacionarias al alza. [10]

Una crisis originada en Estados Unidos también puede aumentar la demanda inmediata de dólares: empresas e inversionistas los necesitan para pagar obligaciones y cubrir riesgos. En México, la depreciación encarecería las importaciones facturadas en esa moneda. El efecto alcanza a combustibles, alimentos, maquinaria y componentes, y después a productos nacionales que utilizan esos insumos.

Si coinciden energía cara y depreciación, los dos aumentos se acumulan. Como ejemplo puramente ilustrativo, un insumo cuyo precio en dólares sube 20%, comprado con un dólar que cuesta 10% más pesos, se encarece 32% en moneda nacional, antes de impuestos y otros costos. La caída de ventas llega acompañada de una mayor necesidad de dinero para reponer inventarios.

El traspaso a precios al consumidor es parcial y gradual: depende de contratos, coberturas, márgenes y condiciones de demanda. Una depreciación persistente, sumada al encarecimiento energético, aumenta el riesgo de un repunte inflacionario. Los transportistas pagan más por combustible, los productores por materiales y los comercios por reposición. Absorber esos costos reduce utilidades; trasladarlos reduce el poder de compra de los hogares.

Banco de México enfrentaría una restricción adicional. Su objetivo prioritario es preservar la estabilidad de precios. [11] Si aumentan la inflación y sus expectativas, tendría menos espacio para bajar tasas y podría necesitar mantener condiciones restrictivas. Reducir el costo del crédito mientras suben los rendimientos externos también puede disminuir el atractivo de los activos en pesos y añadir presión cambiaria.

Así, la debilidad económica no garantizaría dinero barato. Una empresa vendería menos, pagaría más por sus insumos y seguiría financiándose a tasas elevadas. Ésta es una vía por la que una recesión externa puede convertirse en estancamiento con inflación dentro de México.

El beneficio cambiario para los exportadores depende de su ingreso neto en dólares. Quien importa gran parte de sus componentes o tiene deuda sin cobertura en esa moneda recibe menos alivio. Además, un precio exportador más competitivo no restablece de inmediato los pedidos de un comprador que está recortando producción. La depreciación tampoco sustituye la capacidad comercial necesaria para conquistar otros mercados.

La caída de producción se extiende al ingreso y los pagos

La primera respuesta de la industria sería reducir horas extras, turnos y compras. Muchos trabajadores conservarían el empleo con menor ingreso. Los proveedores repartirían sus costos fijos entre menos operaciones, de modo que sus utilidades podrían caer más que sus ventas. Después vendrían las ampliaciones canceladas y, si el deterioro persiste, los despidos y cierres.

El recorte se extendería a constructoras, transportistas y empresas de mantenimiento. Una inversión suspendida retira demanda a quienes iban a construirla, equiparla y abastecerla. La inversión extranjera podría disminuir por proyectos que no comienzan y por menores reinversiones, sin que ocurra una salida visible de plantas. El país perdería tanto actividad presente como empleos futuros.

Las remesas recibirían presión del mismo origen. Menos trabajo o menos horas en Estados Unidos reducirían la capacidad de envío de los migrantes. Las familias pueden sostener las transferencias con ahorros durante un tiempo; una pérdida prolongada de ingreso limita ese esfuerzo. En los hogares expuestos, el salario mexicano y la ayuda del familiar en Estados Unidos se debilitarían juntos.

Un dólar más caro aumentaría el valor en pesos de las remesas que continúen llegando. La compensación dependería del monto recibido y de los precios que pague cada familia. No alcanza a los hogares sin remesas ni garantiza recuperar el salario perdido. En las localidades receptoras, menores envíos se convertirían en menos ventas de comercios y pequeños negocios.

El mercado interno recibiría el golpe por esa reducción del ingreso. Una tienda no necesita exportar para perder clientes cuando la planta cercana recorta turnos. El menor consumo obliga a otros establecimientos a reducir compras y empleo. La demanda nacional no permanece intacta a la espera de sustituir la externa: parte de ella depende de los salarios, utilidades y remesas afectados por la crisis.

La falta de liquidez puede acelerar el deterioro. El comprador pide más plazo, el proveedor exige cobrar antes y el banco reduce la línea de crédito. La empresa queda entre pagos inmediatos y cobros demorados. Si además importa insumos, la depreciación aumenta el efectivo necesario para operar. Una actividad técnicamente viable puede detenerse por falta de capital de trabajo.

Los atrasos se transmiten de una empresa a otra. Una factura que no se cobra impide pagar otra; el proveedor afectado reduce personal o suspende entregas. El contagio no requiere una quiebra bancaria mexicana. Basta con clientes debilitados y crédito más selectivo. Los bancos pueden conservar solvencia mientras numerosas empresas pierden acceso al financiamiento.

Parte del ajuste laboral aparecería como informalidad y menores remuneraciones. Quien pierde un empleo formal puede seguir ocupado vendiendo o prestando servicios por su cuenta, con menos ingreso y sin prestaciones. La tasa de desempleo recogería sólo una parte del daño. Más personas competirían por clientes que, a su vez, tendrían menos dinero.

Los cierres dejarían consecuencias duraderas. Se dispersarían equipos técnicos y desaparecerían proveedores que tardaron años en aprender procesos y cumplir estándares. Cuando regresen los pedidos, esas capacidades podrían no estar disponibles. La recuperación de las exportaciones no reconstruye automáticamente las empresas que desaparecieron durante el ajuste.

El presupuesto recibe el golpe

La contracción reduciría las bases de recaudación al disminuir ventas, utilidades e ingresos laborales. El gobierno enfrentaría mayores necesidades sociales con menos recursos de los esperados. Los vencimientos de deuda, las pensiones y otros compromisos continuarían. El presupuesto perdería margen precisamente cuando hogares y empresas necesitaran mayor apoyo.

El costo financiero agravaría esa restricción. La depreciación aumenta el valor en pesos de las obligaciones en moneda extranjera. Las tasas elevadas encarecen la deuda a tasa variable y el refinanciamiento conforme vencen contratos. También pueden aumentar los pagos de obligaciones ligadas a la inflación. Los efectos llegan en distintos momentos, pero compiten por el mismo ingreso público.

Pemex conecta las presiones energética, cambiaria y fiscal. Un mayor precio del crudo puede elevar ingresos por exportación; el balance depende también del volumen vendido, las importaciones de combustibles, los costos de operación y la deuda. La condición de productor petrolero no garantiza que el país gane cuando se encarecen los refinados que necesita comprar. Si aumentan sus necesidades de efectivo, los proveedores y las cuentas públicas quedan más expuestos.

La gasolina y el diésel transmiten el choque al conjunto de la economía. El diésel encarece el traslado de alimentos y mercancías. Si se amortigua el precio final con menores impuestos o apoyos públicos, parte del costo se traslada al presupuesto; si se permite el ajuste, lo reciben empresas y consumidores. El encarecimiento externo debe ser absorbido por alguno de ellos.

Un recorte de inversión pública retira pedidos y empleos. Un retraso de pagos afecta la liquidez de contratistas y proveedores. El menor gasto puede profundizar la contracción que originó la caída de ingresos fiscales. En esas condiciones, sostener transferencias nominales tampoco garantiza conservar su poder de compra si la inflación repunta.

Las reservas internacionales no son una partida presupuestaria disponible para cubrir esos faltantes. Su función está vinculada con necesidades externas y estabilidad financiera. [11] México puede contar con reservas y enfrentar, al mismo tiempo, limitaciones severas para financiar inversión, servicios y apoyos. La resistencia cambiaria y la capacidad de gasto público son problemas relacionados, pero distintos.

Del estancamiento al retroceso

El peligro para México consiste en que fallen varias fuentes de ingreso y financiamiento a la vez. La industria recibiría menos pedidos; las familias, menos salarios y remesas; el gobierno, una recaudación menor a la esperada. La energía cara y la depreciación presionarían precios, mientras el crédito restringido dificultaría atravesar la caída.

Una recesión en Estados Unidos encontraría una estructura manufacturera orientada a ese país. El debilitamiento europeo reduciría una posible fuente de compensación, y la entrada a mercados asiáticos requeriría tiempo, inversión y decisiones empresariales que México no controla por completo. Los costos de cambiar de mercado se volverían más difíciles de financiar durante la crisis.

La deuda y una eventual corrección tecnológica podrían hacer más brusco el ajuste. Aun sin un colapso financiero generalizado, la persistencia de energía cara, tasas elevadas y menor demanda bastaría para dañar a empresas y hogares. Un periodo prolongado de menor actividad puede destruir capacidades sin producir un único episodio espectacular.

Mirar sólo los problemas internos deja fuera las condiciones bajo las cuales México vende, se financia y compra insumos. La discusión nacional suele tratar el bajo crecimiento como una situación que puede prolongarse sin mayores cambios. Esa aparente estabilidad depende también de compradores y acreedores externos. Si sus condiciones se deterioran, México puede perder parte de lo que hoy apenas consigue sostener.

Acostumbrarse a no avanzar no nos protege de retroceder.

Fuentes y referencias

memmeeFuente

2. Bureau of Labor Statistics. Consumer Price Index — August 2026. 11 de septiembre de 2026. Fuente

3. Reserva Federal. Federal Reserve issues FOMC statement. 16 de septiembre de 2026. Fuente

4. Banco Central Europeo. ECB staff macroeconomic projections for the euro area, September 2026. Apartados 1 y 2 y escenarios alternativos. Fuente

5. Congressional Budget Office. The Budget and Economic Outlook: 2026 to 2036. 11 de febrero de 2026. Proyecciones de deuda en manos del público. Fuente

6. Pablo Hernández de Cos. Artificial intelligence, growth and financial stability: challenges for central banks. Banco de Pagos Internacionales, 10 de septiembre de 2026. FuenteA

 
 
 

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