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NarcoLand

Diego Martín Velázquez Caballero

Gran parte de la sociedad mexicana parece no estar de acuerdo con la centralidad de la que gozan la emigración y el narcotráfico en la economía y estructura del orden social; sin embargo, parece inevitable comenzar a reconocer este protagonismo que, además, comparten con otros delitos en el entorno cotidiano de nuestra república.

No es la primera ocasión en que Estados Unidos pretende exhibir a funcionarios y miembros de la clase política mediante un escándalo de drogas. La frase “México narco” es una tautología, y el vínculo entre políticos profesionales o altos funcionarios y el tráfico de estupefacientes se antoja tan común, que ya no sorprende a nadie.

Pero, si México es vecino de los Estados Unidos, ¿por qué la democracia -e imperio- más importante del mundo, hace poco por inhibir la comisión de estos delitos, específicamente, el narcotráfico? La cuestión es que México y Estados Unidos tienen una relación cómplice y ambigua en lo tocante tanto al consumo como al trasiego de drogas y esa relación, añeja, es un secreto a voces. No obstante, al poseer más recursos, Estados Unidos tiene mayor responsabilidad en la tarea de corregir las cosas. México no es el único proveedor de droga para Norteamerica, pero sí constituye el principal espacio de aproximación territorial para que diferentes grupos, inclusive internacionales, dedicados al trasiego de psicotrópicos, tomen por abordo a los consumidores estadounidenses. La salud, en lo que corresponde para adicciones, no es importante en las políticas públicas de Estados Unidos; es decir, aunque se afirma estrambóticamente el número de muertes por fentanilo en los jóvenes norteamericanos, su propio país no tiene programas, proyectos o modelos de prevención, el consumo de drogas en Norteamérica se incrementa desproporcionadamente y sólo el gobierno americano lo podría cambiar.

Dada su capacidad militar, Estados Unidos podría acabar con los grupos dedicados al trasiego de drogas en un santiamén; no sólo legalizar su uso para que la drogadicción se hiciera formal y el consumo responsable transcurra en un ambiente controlado y pacífico. Es decir, mientras en Norteamérica se legalizan las drogas, México vive una guerra de baja intensidad que cada día debilita el gobierno formal y empodera a los demasiados cárteles y asociaciones. Si la Casa Blanca pusiera el mismo empeño en prevenir las adicciones en la juventud americana, del mismo modo en que atiende el pentagonismo; México y Norteamérica podrían llegar a un óptimo en esta cuestión.

Mantener la ruta que hasta ahora se ha seguido implica que pronto el escenario configurado por George Friedman para el 2080 se adelantará. En la prospectiva de este geopolítico, el sur de Estados Unidos se convierte en un asentamiento de grupos delincuenciales quienes, más tarde, protagonizarán una verdadera invasión y destrucción del imperio yanqui. Ahora, para tratar de evitar esta predicción catastrófica, Norteamérica cada vez incrementa las acciones y evidencias que alimenten una guerra total contra México, al tiempo que impiden que éste sostenga alianzas con otros países peligrosos para la hegemonía norteamericana.

Friedman señala que Mexamérica constituye la zona de fractura más importante para Norteamérica, mayor a la importancia que tienen las regiones de Rusia y China. Estados Unidos piensa que Eurasia representa el riesgo mayor para su porvenir; pero, no. El verdadero riesgo es el nudo mexicano.

Afectar a México puede provocar la destrucción de los Estados Unidos en cualquier sentido.

Los cárteles, efectivamente, se han trasladado a la frontera sur de EU y el gobierno de la Casa Blanca conoce quiénes son, ¿por qué no los capturan?, ¿qué implica pactar con ellos para exhibir a la clase política mexicana? Cada vez se muestra que el Estado en México carece de recursos para enfrentar al narco e imponer el orden en las diversas regiones del país. En estas condiciones, ¿cuál es el sentido de hacer una denuncia pública y debilitar más al gobierno de nuestro país?

Propiciar la inestabilidad en México solo lleva a que el gobierno sea cada vez más ineficaz en el combate a las drogas y que el consumo de narcóticos se incremente en los Estados Unidos. En una relación de buena vecindad, México esperaría una mayor colaboración y responsabilidad del gobierno norteamericano en una situación que perjudica notablemente a todos.

La guerra contra las drogas en México depende de la ayuda de Norteamérica. Las exposiciones mediáticas no arreglan nada y constituyen el clásico juego de ping pong para incidir en la opinión pública, mientras tanto, la juventud americana y mexicana mueren a cientos por el fenómeno droga. El combate a los cárteles del trasiego debe ser más que estratégico y debe iniciar desde el sur estadounidense, donde los principales centros de operación y finanzas narcotraficantes se desarrollan.

La invasión a México por parte de Estados Unidos sigue siendo una opción válida e, incluso, harto necesaria. Pero, como columbra George Friedman en su análisis: ¿y si EU pierde la guerra con México?

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