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Palabras de ayer y de hoy

  • fermarcs779
  • Sep 11, 2025
  • 3 min read

Diario de un reportero


Miguel Molina


Todos sabemos que el escándalo de estos días es que las autoridades detuvieron a treinta y tantas personas – entre ellas varios ex funcionarios de aduanas y al vicealmirante Manuel Roberto Farías Laguna, sobrino del secretario de Marina durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador – por presuntos vínculos con el contrabando de diez o más millones de litros de huachicol.

Dos de los presuntos implicados – oficiales de la Marina de México – murieron por casualidad en pocos días: uno se suicidó de un tiro en el pecho y el otro perdió la vida durante una práctica de tiro. Otros potenciales implicados en el contrabando han muerto en circunstancias más y menos sospechosas.

Es que la banda no era nueva. Al parecer, las actividades del grupo se remontan a hace al menos tres años, cuando el entonces presidente Andrés Manuel López Obrador declaró que el presidente de México se entera de todo y no hay un negocio jugoso que se haga sin el visto bueno del presidente. Si hacen una transa grande es porque el presidente lo permitió.

Nada de que el presidente no sabía, no se enteraba, lo engañaban. El

Tal vez no le dijeron, pero a fin de cuentas, las declaraciones de López Obrador terminaron persiguiéndolo, y lo exhiben o como inocente o como cómplice: le vieron la cara o nos la vio a nosotros.


Otras palabras

Otras palabras presidenciales vienen a la memoria. López Obrador elogió a Cuitláhuac García Jiménez como "un gobernador excepcional y honesto, íntegro (...)", "incapaz de llevar a cabo una injusticia en contra de nadie", "uno de los mejores gobernadores que ha tenido Veracruz en los últimos tiempos". Y así le fue a Veracruz.

El gobierno de García Jiménez sufrió daño patrimonial de cerca de doscientos millones de pesos en la secretaría de Salud hace dos años, según la Auditoría Superior de la Federación, y alrededor de setenta millones el año pasado.

Cuando se hizo pública la noticia, la gobernadora Rocío Nahle aseguró

Pero resulta interesante ver el efecto de los elogios presidenciales. Y eso viene desde los priatos y los panatos, cuando unas palabras amables del presidente promovían carreras políticas y una expresión o un gesto crítico del primer mandatario las destruían

Por eso, cada vez que me entero de que hubo elogios o declaraciones presidenciales, recuerdo las palabras que escribió Simon Hoggart en The Guardian hace veinte años: Cuando oigo declaraciones rotundas, pienso cómo sonarían si dijeran lo opuesto, porque si lo opuesto de algo es absurdo no valía la pena decir lo que se dijo.

Ahora ya me da risa leer – o escuchar – declaraciones de funcionarios de todos los niveles: Se aplicará la ley, no habrá impunidad, caiga quien caiga,

se perseguirá la corrupción y se castigará a los corruptos, cosas así. No vale la pena. Ya no vale la pena.


Desde el balcón

Hay mañanas de lluvia, tardes soleadas, noches frescas, madrugadas de luna llena, el verde muro movedizo de los árboles, la malta del crepúsculo. Uno lo mira todo y escucha todo. Niños que pasan con su alboroto por la vereda del parque, palomas y urracas y cuervos y gaviotas que van y vienen, cerca y lejos, y la algarabía de los mirlos.

Hay pilas de libros que esperan su caja, y cajas ya llenas de lo que se fue juntando durante trece años. Y quedan tantos trebejos, tanto. Pero la tarde es joven y hay malta en la copa. Todavía.

 
 
 

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