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Pancho Villa, entre la Güera y la Morena

  • May 17
  • 3 min read

Xochitl Patricia Campos López


¡Qué bonitos son los hombres! Sobre todo los que enamoran a otros hombres para luchar por sus ideas de justicia, paz y prosperidad. Hubo un tiempo en que soñaba con Manuel Gómez Morin por aquel llamado a las minorías excelentes; pero, el oriundo de Batopilas, también tiene un némesis que ha sido tan importante en el llamado a mover almas. Después de soñarme caminando con un Antonio Banderas por el hermoso museo de Francisco Villa en Durango y algunas de sus casas villistas en Chihuahua, esto me dijo el General Villa entre caballos, motos, ferrocarriles, cañones y aviones:


"A ver, quietos ahí en la mesa. Suelten las manos del tablero, que para hablar con el Centauro no necesitan que se mueva la madera, sino que les truene el pecho.


Llevo más de un siglo muerto. He visto pasar el polvo de la historia sobre mi tumba en Parral y he escuchado a los vivos pelearse por mis huesos y por mi nombre. Unos me pintan como un bandido sanguinario que asaltó Columbus por puro coraje; otros, como el general invicto de la División del Norte que repartía tierras y abría escuelas en veinticuatro horas. Paco Taibo me buscó en los archivos con amor de novelista; Salmerón me defendió como el brazo armado del pueblo; y mis nietas guardaron mis recuerdos para que no me arrastrara el lodo del olvido. Todos tienen un pedazo de mi verdad, pero ninguno me conoce completo, porque yo fui la Revolución: un torbellino de contradicciones que intentó hacer justicia en una tierra sorda.


Hoy me asomo a mi Chihuahua, a ese norte que recorrí a caballo, y se me revuelve el alma de fantasma. Veo a una gobernadora y a unos dirigentes de facción greñudos, peleándose como perros por el plato de las elecciones, mientras la tierra que regamos con sangre se la reparten los señores del polvo y de la pólvora. ¡Narcopolítica le llaman ahora! En mis tiempos se llamaba traición y se pagaba frente al paredón. No se hagan tarugos: hoy ya no saben quiénes son los buenos ni quiénes son los malos porque todos se sientan a la misma mesa a repartirse las ganancias del miedo.


Y para colmo, vuelve a crujir el norte. Allá arriba, el viejo Trump ruge de nuevo en la Casa Blanca, amenazando con meternos las botas. Y la oposición de hoy, asustada o convenenciera, abre las ventanas para que huela a Washington y deja que los ojos de la CIA se metan en los jacales mexicanos. ¿Qué les pasa? Yo fui el único que cruzó la frontera para darles un susto en su propia casa cuando nos traicionaron, no porque odiara a los americanos, sino porque la soberanía no se negocia con embajadores ni con agencias extranjeras. Permitir que el extraño meta la mano a limpiar la casa es aceptar que ya no somos dueños de nuestro propio destino.


A la Presidenta en su palacio le digo: la valentía no es de discursos, es de hechos. Si va a defender a los desprotegidos, hágalo sin que le tiemble la mano ante los de adentro ni ante los de afuera. A la gobernadora de Chihuahua le recuerdo: gobernar no es heredar un feudo para entregárselo al mejor postor o al extranjero; es cuidar a la gente de su propia tierra que hoy vive con el alma en un hilo. Y a los de Morena: la humildad no se presume, se ejerce; no conviertan el espíritu de la justicia social en una franquicia de burócratas.


Mexicanos: los muertos maduramos, es cierto. Ya no busco la venganza ni la balacera por orgullo. La paz es el camino, pero la paz sin dignidad es esclavitud disfrazada de orden. No le tengan miedo a los fantasmas del pasado; ténganle miedo a los vivos que venden la patria a pedazos por debajo de la mesa. Despierten, que la Revolución no terminó en 1923; la Revolución es un deber diario de resistencia. Si van a hablar conmigo, que sea para agarrar valor, no para llorar en las esquinas como plañideras.”


Es cuanto. Seguiré soñando.

 
 
 

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