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Peter Simonini y el autoritarismo banal

  • Feb 9
  • 2 min read

Xochitl Patricia Campos López

La historia de la infamia suele requerir de un guionista que dote de sentido al caos, un falsificador de realidades que transforme la miseria humana en una épica del mal absoluto. En la literatura de Umberto Eco, ese papel lo encarna Simone Simonini, el cínico que articula los miedos de una Europa decadente mediante conspiraciones judías inexistentes.

Hoy, el analista norteamericano Peter Schweizer parece reclamar esa misma herencia con sus tesis sobre consulados mexicanos convertidos en avanzadillas de una revolución orquestada por el eje Pekín-Moscú. Al bautizar este fenómeno como el estilo de un Peter Simonini contemporáneo, no solo debe observarse el empleo del rigor académico, sino la hipocresía norteamericana que prefiere la fantasía del complot a la cruda verdad de la descomposición institucional.

Como bien advirtieron Thomas Hobbes y Maquiavelo, el motor de la historia no es una logia secreta, sino la voracidad y el miedo inherentes a nuestra especie. La perspectiva de Schweizer, que deshumaniza la migración y la diplomacia para convertirlas en armas de una guerra híbrida, es una evolución de los delirios de Alfred Rosenberg, Dietrich Eckart o Ernest Jouin. Es la vieja estrategia de salvar imperios inventando enemigos externos para no mirar las propias grietas.

En este esquema, México deja de ser una nación soberana para convertirse en una Sicilia norteamericana, un patio trasero donde el nacionalismo cristiano anglosajón, en un ejercicio de hipocresía capital, deshumaniza al vecino mientras se entrega a las bajas pasiones del consumo y la corrupción compartida. El autoritarismo en México, con toda su corrupción absoluta, ha crecido a la sombra del imperio norteamericano desde siempre. La tragedia que autores como Hanna Arendt o Fernando M. González identifican es la banalidad del mal: la figura del monstruo —sea Marcial Maciel o un narcoestado— no nace de la decadencia cultural de Oswald Spengler, sino de los vicios y descuidos de un Imperio Yanqui que ha permitido que la corresponsabilidad en el tráfico de armas y drogas erosione su frontera.

Rusia y China no han inventado estos vicios; simplemente los aprovechan como carroñeros geopolíticos.

Siguiendo la estela de Rafael Bernal en El complot mongol, descubrimos que tras la cortina de la gran conspiración eslava-china solo hay una red de corrupción y ambición vulgar. Peter Simonini insiste en vendernos el apocalipsis de diseño, cuando en realidad lo que enfrentamos es la simple y aterradora condición humana de un poder que, por estúpido, se vuelve autoritario

 
 
 

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