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Piso Parejo. La difícil construcción de la democracia interna en los partidos políticos

  • Aug 21, 2023
  • 2 min read

Diego Martín Velázquez Caballero

Durante los últimos días el problema de los métodos para la designación de candidatos en las coaliciones electorales y movimientos políticos de México persiste. La inconformidad con las reglas de la competencia interna y su interpretación deja claro que el nombramiento de candidatos motiva la defensa de los derechos políticos, el transfuguismo y el emprendedurismo político en México y Latinoamérica.

Estos fenómenos se vinculan a una enfermedad de los institutos políticos y de los sistemas de partidos que parece no encontrar solución, ¿se llegará a un escenario, similar al francés, en el que veamos que gobiernen personajes alejados de las alineaciones partidistas? Quizá esto sucede en Iberoamérica y explica la falta de institucionalidad en nuestros sistemas políticos.

Dado el natural faccionalismo partidista, así como la inconformidad de algunos líderes, se ha convertido en moneda corriente que los gobernantes y representantes públicos decidan fundar nuevos partidos políticos. Esta situación, ya generalizada, provoca que -como en el caso francés- los sistemas políticos tengan tantos partidos como vinos y quesos tiene el país galo. El multipartidismo -más nominal que real-, de cualquier forma, genera problemas para la gobernabilidad y la producción de políticas públicas con alto impacto social.

Así como resulta imposible afirmar de manera contundente que los partidos son oligarquías y que cada personaje debe entender dónde se mete; resulta absurdo concebirlos bajo el modelo de la Academia de Platón. La democracia interna cuenta; si no, ¿para qué proponer reglas de participación? “Para priistas, mejor priistas”, decía Granados Chapa y, hasta ahora, observando su conducta, parece que nos siguen gobernando priistas de todos los partidos.

En México, los partidos políticos no terminan por consolidarse. El 2018 significó un huracán que arrastró con la endeble institucionalidad que les quedaba. Años después y aun con la vasta experiencia de sus dirigentes, aun no desarrollan un diseño institucional capaz de regular mecanismos de organización, formación de militantes, agregación de intereses y construcción de un plan de gobierno.

El faccionalismo visceral en Latinoamérica obliga a pensar seriamente en las propuestas sartorianas de la Segunda Vuelta electoral o en mecanismos semipresidenciales que disminuyan la influencia negativa de los particularismos. Las divisiones no benefician a nadie, mucho menos al país. La principal preocupación de México ha sido la unidad nacional, y la vida interna de los partidos demuestra la distancia que guardamos de un proyecto de comunidad.

En este fracaso, el papel más frustrante ha sido el de las instituciones electorales, que subutilizaron enormes presupuestos para desarrollar la cultura política cívica y hacer de los principios democráticos la única forma de tomar decisiones. Todos terminaron dándole la razón al presidente, pero nadie lo reconoce.

Las reglas democráticas generan esa incertidumbre propia de quien participa sabiendo que cumple requisitos, respeta los lineamientos, compite y espera que sean sus talentos lo que arroje un resultado. Sin mecanismos de competencia claros y funcionales, la vida interna de los partidos genera gangrena y envenena la organización y al país.

 
 
 

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