Plan México: entre las expectativas y la realidad
- Jul 27
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Pablo Cabañas Díaz
Los grandes proyectos nacionales no fracasan por la falta de ideales, sino por la insuficiencia de las instituciones encargadas de convertirlos en realidad.
La historia económica muestra que el desarrollo no nace de los discursos, sino de la confianza, la productividad y la fortaleza del Estado.
Ésta es la interrogante que hoy plantea el Plan México: ¿posee el Estado mexicano las capacidades técnicas e institucionales para conducir una política industrial de largo plazo en un entorno internacional cada vez más incierto?
Presentado a principios de 2025 como la estrategia económica del sexenio, el Plan México fue concebido para impulsar la industrialización, acelerar la innovación tecnológica y fortalecer el mercado interno.
Su propósito era colocar al Estado como promotor del desarrollo y aprovechar la reconfiguración de la economía mundial.
Sin embargo, el proyecto nació cuando el escenario internacional cambió de manera abrupta.
El regreso de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos modificó las condiciones que muchos consideraban favorables para México.
La amenaza de nuevos aranceles, el endurecimiento de la política comercial y la revisión permanente de las reglas del intercambio redujeron la certidumbre para la inversión.
El nearshoring (relocalización), que parecía una oportunidad histórica, dejó de ser una promesa automática y comenzó a depender de factores geopolíticos que escapaban al control del gobierno mexicano.
La economía, sin embargo, tiene una virtud inapelable: termina imponiendo la realidad sobre las expectativas.
A poco más de un año y medio del lanzamiento del plan, las previsiones de crecimiento apenas rondan el uno por ciento, un ritmo insuficiente para transformar la estructura productiva del país.
La inversión permanece lejos de la meta de representar el 25 por ciento del Producto Interno Bruto y la inversión privada, indispensable para cualquier estrategia de industrialización, ha mostrado un evidente debilitamiento.
Las cifras reflejan una distancia creciente entre la ambición del proyecto y los resultados observables.
Simon Kuznets Premio Nobel de Economía 1971, advertía que el desarrollo económico no puede reducirse al crecimiento estadístico del Producto Interno Bruto.
Una nación progresa cuando aumenta de forma sostenida su productividad mediante inversión, innovación, capital humano e instituciones confiables.
Ninguno de esos elementos aparece por decreto.
Todos requieren estabilidad jurídica, capacidad administrativa y reglas claras que generen confianza entre quienes producen, invierten y generan empleo.
La arquitectura conceptual del Plan México fue diseñada por Mariana Mazzucato y Lara Merling en el informe State Transformation for Plan Mexico.
Su propuesta se apoya en la llamada economía de misiones, una corriente que sostiene que el Estado debe asumir un papel activo en la creación de nuevos mercados, compartir riesgos con la iniciativa privada e impulsar en sectores estratégicos como los semiconductores, la industria farmacéutica y los minerales críticos.
La idea resulta intelectualmente atractiva porque devuelve al Estado un papel relevante en la transformación económica.
No obstante, toda teoría depende del terreno institucional donde pretende aplicarse.
La economía de misiones supone un Estado profesionalizado, burocracias altamente especializadas, una banca de desarrollo sólida, estabilidad regulatoria y una administración capaz de coordinar políticas complejas durante muchos años. Precisamente ahí aparecen las mayores debilidades del caso mexicano.
La incertidumbre jurídica derivada de la reforma al Poder Judicial, el reducido margen fiscal, la pérdida de capacidades técnicas en diversas dependencias, la sobrerregulación administrativa y los obstáculos que enfrentan las empresas en las aduanas y los trámites regulatorios limitan la posibilidad de ejecutar una estrategia de esa magnitud.
Las propias autoras reconocen parte de esos desafíos al señalar la necesidad de fortalecer la banca de desarrollo y ampliar la capacidad fiscal del Estado.
Sin embargo, esos cambios requieren tiempo, recursos y consensos políticos difíciles de construir en un contexto de desaceleración económica.
A ello se suma un problema igualmente profundo: la brecha en capital humano.
Sin una educación superior estrechamente vinculada con las necesidades tecnológicas de la industria, resulta difícil pensar en una política industrial capaz de competir en sectores de alto valor agregado.
La discusión, por tanto, no debe centrarse en si el Estado debe participar o no en el desarrollo económico.
Esa vieja dicotomía pertenece al siglo pasado.
La verdadera pregunta consiste en determinar si el Estado posee las capacidades para cumplir las funciones que se le asignan.
Ninguna estrategia sustituye la eficacia de las instituciones encargadas de ejecutarla.
En una de sus conferencias más memorables en la Universidad de Chile, Humberto Maturana destacado biólogo y filósofo chileno,comenzó con una afirmación que conserva una extraordinaria lección : «Las expectativas nunca se cumplen.
» No era una invitación al pesimismo, sino una defensa del realismo.
Las expectativas pertenecen al observador; la realidad responde únicamente a las condiciones concretas que somos capaces de construir.
Cuando un gobierno confunde sus expectativas con sus capacidades, el riesgo es sustituir la realidad por la ficción y tal parece que por ese camino va el Plan México.


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