Progresismo, manifestaciones y mundial
- Jun 15
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Diego Martín Velázquez Caballero
La reciente efervescencia social que sacudió a México durante el campeonato mundial de fútbol, caracterizada por una coreografía de protestas que cuestionaron simultáneamente el sistema de pensiones neoliberal, la violencia narcotraficante, el patriarcado, al capitalismo global y, de manera estridente, al sionismo, no supuso una anomalía en nuestra historia política, sino la reactivación de sus códigos más arcaicos. El desconcierto sembrado por la deliberada ausencia de la presidenta de la República en la ceremonia inaugural, sumado a una movilización callejera donde las demandas genuinas se difuminaron con las provocaciones auspiciadas desde el propio régimen progresista, desveló una estrategia sutil. Lejos de ser un estallido ingobernable, la escenificación de un México convertido en un caos ingobernable y en un monumento viviente a la resistencia frente a la FIFA y el eje norteamericano opera como un calculado dispositivo de repliegue geopolítico. Esta dinámica, que abreva directamente de la tradición del echeverrismo y el cardenismo incrustados en la matriz genética de las izquierdas mexicanas, utiliza la movilización no para liberar, sino para disciplinar. Bajo la mascarada de una retórica emancipadora y descolonial, lo que verdaderamente subsiste y se consolida es el refinado método de control interno que el antropólogo Claudio Lomnitz denominó como el antisemitismo sin judíos y, a veces, sin antisemitas.
Para desentrañar este laberinto cultural, es imperativo comprender que la judeofobia en el contexto iberoamericano no responde a los parámetros del racismo biológico europeo, sino que funciona como una tecnología sociopolítica heredada directamente de los tribunales de la Santa Inquisición. En la arquitectura mental del Modelo Habsburgo, teorizado por Howard Wiarda y Loris Zanatta, la sociedad es concebida como un cuerpo orgánico, unánime y corporativo que debe ser preservado de cualquier contaminación externa. El judío, en esta matriz teológico-política del nacional-catolicismo, deja de ser una realidad demográfica o de carne y hueso para transformarse en una abstracción metafórica: el símbolo absoluto de la disidencia, el portador del virus de la modernidad, el libre comercio, la ciencia empírica y el individualismo democrático.
Históricamente, como documentan Daniela Gleizer y Pablo Yankelevich al estudiar el racismo de Estado en México, el señalamiento de judaización o de complicidad con agendas extranjeras ha servido para purgar y proscribir a los elementos internos que intentaban quebrar el monopolio de las élites coloniales. Así ocurrió con los científicos liberales del porfiriato y con los primeros reformadores sociales; el estigma religioso operaba como una excomunión civil indispensable para salvaguardar el statu quo.
En la época de la llamada cuarta transformación, este dispositivo inquisitorial ha sido secularizado y rebautizado bajo el rótulo de la corrección política antisionista. Cuando las facciones radicales del progresismo oficialista saturan el espacio público afirmando que el sistema financiero internacional, las instituciones deportivas globales y la geopolítica norteamericana están rígidamente tripulados por el sionismo, no están realizando un análisis materialista o económico serio, sino resucitando el viejo mito de la conspiración sinárquica. Este grito estrambótico y de un radicalismo agresivo cumple con precisión la función de lo que la sociología alemana del siglo diecinueve denominó el socialismo de los tontos: una simplificación grosera de las contradicciones del capital que, en lugar de cuestionar las estructuras reales de producción y la corrupción local, personifica la opresión en un enemigo invisible y absoluto.
Al canalizar la frustración social hacia este fantasma global, el régimen blinda sus propias deficiencias y legitima el rechazo sistémico hacia la democracia liberal, el capitalismo institucional y la integración económica con Norteamérica, presentándolos como trampas coloniales del enemigo.
Cuando artistas o líderes de opinión del progresismo cultural adoptan discursos donde el sionismo es el culpable absoluto de los males globales, muchas veces lo hacen desde una empatía legítima con causas como la Palestina, pero con una profunda falta de rigor histórico. Al carecer de matices, terminan validando narrativas que esencializan al judío como el opresor universal, cayendo sin darse cuenta en los mismos prejuicios que la derecha más rancia ha usado por siglos.
La paradoja última de este fenómeno es que, mientras se proclama una ruptura con el orden neoliberal, el uso de la judeofobia abstracta profundiza y perpetúa el colonialismo interno. Las élites criollas y las burocracias políticas herederas del viejo nacionalismo revolucionario no atacan a los miembros reales de la comunidad judía mexicana, con quienes mantienen pragmáticas alianzas económicas, sino que emplean el estigma como un hacha sobre la cabeza de cualquiera que intente empujar a México hacia una modernidad abierta, competitiva y guiada por el rigor de la ciencia, el mercado o la libertad democrática.
El antisionismo de Estado funciona hoy como el gran guardián del inmovilismo; es la aduana ideológica que castiga el mérito, sataniza la disidencia institucional y justifica un autoritarismo hegemónico que nos devuelve a la autarquía mental del virreinato. Al final, las movilizaciones folclóricas del mundial y el boicot retórico contra las potencias occidentales no fueron más que la actualización de las procesiones coloniales, un teatro político diseñado para convencer a la población de que el aislamiento y la pobreza son virtudes místicas frente a la corrupción del exterior. Mientras la pira inquisitorial del discurso público siga encendida para quemar a los promotores del progreso material, México continuará atrapado en el laberinto de los Habsburgo, condenado a la inmovilidad por el peso pétreo de sus propios mitos.


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