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SALINAS, GORBACHOV Y LA RELACION MEXICOAMERICANA

Diego Martín Velázquez Caballero

Las campañas electorales se han adelantado en México y Estados Unidos, quizá por ello el clima político es tan intenso que no puede pasar nada desapercibido, por ejemplo: la muerte de Mijail Gorbachov y las consecuencias de la modernidad frustrada que vive Rusia particularmente reflejada en el conflicto militar ruso ucraniano. El último presidente de la URSS constituye un referente del cambio de época que afectó al mundo y ahora, así como en el momento de la desaparición de la URSS, su ausencia invita a la reflexión del fracaso globalizador liberal demócrata occidental.

Carlos Salinas de Gortari escribió uno de los mejores diagnósticos respecto a la modernidad desgarrada del sistema político de nuestro país: México: un paso difícil a la modernidad. Y aún cuando se acusa al grupo tecnócrata de implantar un contramodelo a las características estructurales de la república mexicana, lo cierto es que se pretendió también generar una modernización nacionalista que se sincronizara, al menos en lo ideológico, con Estados Unidos. El liberalismo mexicano no es otra cosa que la ruta de la transformación social para abandonar el hispanismo medieval humanista que dio lugar a México, pero que no fue útil para contener el imperialismo norteamericano. Sin embargo, ese liberalismo mexicano también tiene una dimensión terrible identificada con el aspecto feo de la mexicanidad: el faccionalismo violento.

El pueblo mexicano puede ser tan liberal y darwinista como el que más, pero incapaz de aceptar la modernidad política e inclinado a vivir en un eterno ciclo colectivista de violencia y pobreza estructural para resguardar sus particularismos, cueste lo que cueste. México tiene una raíz liberal primitiva y bárbara que se manifiesta en los cacicazgos incontrolables, los movimientos sociales ácratas y la desobediencia civil.

Se polemiza la comparación estéril que se hace de Carlos Salinas con Gorbachov, sobre todo porque se produce motu propio a partir del expresidente. Sin embargo, Salinas no sólo es comparable con Gorbachov sino con Mustafa Kemal Ataturk y otros líderes modernizadores como lo afirmara el extinto politólogo Samuel Huntington; pero, sobre todo, con el Gral. Plutarco Elías Calles. México, Rusia y Turquía son representantes de modernizaciones esquizofrénicas cíclicas, fracasadas y acumulativas.

Nuestro país, como el Imperio Zarista y el núcleo del Imperio Turco Otomano, son naciones bisagras entre civilizaciones antagónicas y puntos de quiebre para una expansión o derrota civilizatoria. El eje anglosajón que determinó la globalización neoliberal no fue capaz de compartir la receta completa de las modernidades exitosas: la construcción del Estado. Por el contrario, la interpretación del Estado Mínimo se confundió -en forma conveniente- con el Estado Famélico, principalmente el de la gobernabilidad limitada -o ingobernabilidad- al servicio de los poderes fácticos, los grupos de la violencia organizada y, especialmente, el imperialismo. Más neoliberales que Salinas fueron los dinosaurios de la Familia Revolucionaria, las sotanas de la ultraderecha religiosa y el caciquismo criminal disfrazado de narcotráfico, movimientos sociales y ruralidad. A estas fuerzas oscuras, enemigos históricos del Estado Mexicano, les resultó más que útil el desmantelamiento del Estado Nacional y la posterior liberalización para continuar limitando al Príncipe Mexicano.

A diferencia de México, en Rusia surgió una élite derivada de las fuerzas castrenses que supo reconocer el veneno con aroma de flores que implicaba el neoliberalismo y, a pesar de costos significativos, puso fuego a la modernización occidental para reconstruir el Estado Ruso y resistir a las demandas imperialistas de Occidente que se olvidaron de los compromisos democráticos, políticos y sociales con la civilización eslavo báltica. Estados Unidos tiene miedo de Rusia y por eso ha buscado destruirla desde siempre, la guerra ruso ucraniana no puede escribirse sin dicho guion.

México y Estados Unidos ya se encuentran en Guerra. El combate al narcotráfico no es sino otra versión de la conflagración mexicoamericana que se vivió a lo largo del siglo XIX y con algunas intrusiones significativas en el siglo XX. México y Estados Unidos siempre han convivido bajo el escenario de la guerra de baja intensidad. El intervencionismo yanqui no tiene medida y, además de obligar a los gobiernos nacionales para someterse a su economía de guerra, invierte en diferentes grupos narcotraficantes y poderes fácticos para desestabilizar al país. ¿Quién es quién en esta nueva guerra patriótica que vamos a vivir? ¿Quién es el principal interesado en que el Estado Mexicano no termine de consolidarse? Manuel Camacho Solís señaló puntualmente los nudos históricos que las fuerzas armadas deben destruir para consolidar el Estado Mexicano, además de los grupos criminales.

La delincuencia organizada, los poderes fácticos caciquiles y el poder invisible han asentado sus reales en Estados Unidos, pero ¿cuál es la razón de que en dicho espacio no resulten riesgosos? La capacidad política e institucional del gobierno norteamericano para regular, controlar y sacar provecho de los intereses socioeconómicos de dichas entidades. En México, el Estado se encuentra cada vez más limitado y no puede generarse un pacto de sana convivencia con las rémoras del antiguo régimen, aunque se disfracen de modernos conservadores siguen siendo un obstáculo para cualquier gobierno. Los poderes fácticos en México han terminado por devorar al Estado y López Obrador ha tenido que reconocer el fracaso de la Cuarta Transformación porque cada vez es más notorio que ordenan los poderes fácticos, no el presidente.

Salinas y Calderón reflejan el dilema de imponer las leyes y autoridad a los mexicanos, así como el fracaso de la autoridad. Samuel Huntington analizaba el furioso 1994 mexicano desde la perspectiva de un pueblo conservador que rechazaba modernizarse y un presidente que no fue capaz de consolidar las fuerzas armadas para usar la violencia legítima. López Obrador se enfrenta a esta situación: sin la conciencia honesta de que el Ejército Mexicano va -otra vez- a la guerra con el narcotráfico, el Estado nacional no se consolidará y el Imperio Yanqui, como lo ha hecho siempre, encontrará los incentivos e intereses para entenderse con los poderes fácticos: siempre habrá explotación para el lumpenproletariado emigrante, posibilidades de lavado de dinero para todos aquellos interesados en no pagar impuestos al Estado Mexicano y, principalmente, un mercado excelso para el vicio de las adicciones.

El Ejército Mexicano nunca ha dejado de tutelar el sistema político, no se puede explicar el siglo XX de nuestro país sin la fuerza del Partido Oficial que no fue otra cosa sino la extensión de la oficialidad militar para regularizar la disputa política, y funcionó. Hubo una democracia limitada, pero también gobernabilidad.

Las instituciones públicas estatales guardan un estado de descomposición semejante al de la época santanista. El Estado Fallido es una plaga que se forma en nuestro país y también contagia al poderoso vecino del norte, sin embargo, la destrucción mutua no puede ser el óptimo de nuestros futuros.

El clima de opinión que se desarrolla en torno a la relación de México y Estados Unidos olvida que son civilizaciones y países completamente distintos. Particularmente nuestro país se conflictúa cuando tiene que asumir hispanismo, indigenismo y catolicismo frente a una cultura anglosajona que todo lo determina desde una perspectiva liberal racional. No es nada sencillo vivir al lado de Norteamérica.

Para una economía como la mexicana, los acuerdos institucionales con Estados Unidos han sido poco provechosos, el mejor entendimiento ha sido el de la economía informal. El TLC-TMEC sólo ha beneficiado a las empresas norteamericanas, mientras que la sociedad mexicana recibe ingresos a partir de la emigración y, sobre todo, el narcotráfico; el resto de la población debe soportar el subempleo público o privado.

La ingenuidad de Mijail Gorbachov explica las circunstancias actuales de Rusia, la inocencia y ambición mexicana respecto de las buenas intenciones de Estados Unidos también nos pone al borde de la guerra formal.

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