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Sheinbaum: derechas desde Nepantla

  • Jun 7
  • 4 min read

Diego Martín Velázquez Caballero


En la geopolítica contemporánea, la relación entre México y Estados Unidos suele leerse bajo el simplismo del fuerte contra el débil, o el policía contra el vecino incómodo. Sin embargo, cuando Donald Trump lanza amenazas sobre aranceles, el control de los cárteles o el envío de agentes, la pregunta de fondo no es qué está mal en la frontera, sino qué tuerca del sistema global se está desajustando.


Esta encrucijada obliga a un diagnóstico responsable sobre el proyecto mexicano. Lo que le toca definir a la sociedad mexicana es el reconocimiento de las coordenadas exactas de la ultraderecha que la asedia. Es verdad que la Cuarta Transformación arrastra sus propias paradojas. Politológicamente puede argumentarse que el oficialismo contiene rasgos de un paleoconservadurismo en lo moral y que su andamiaje político aporta elementos al Modelo Habsburgo de la sociedad iliberal latinoamericana, caracterizado por un unanimismo religioso y un Estado fuertemente centralizado. Sin embargo, a pesar de la densa niebla de la violencia y el narcotráfico que asola al territorio, el respaldo popular al movimiento es un dato científico incontrovertible. Los niveles de aprobación demuestran que para las mayorías de ascendencia indígena, comunidades rurales y sectores vulnerables, el régimen ha logrado equilibrar las condiciones materiales básicas de vida.


México tiene su propio populismo reaccionario; ante la amenaza externa y la insistencia en una cooperación sin subordinación adquiere una credibilidad profunda. Morena perderá, lentamente, su apoyo electoral debido al faccionalismo y corrupción internos; mientras la oposición sigue sin entender el conflicto entre el neoliberalismo progresista y los populismos reaccionarios en la dimensión geopolítica inmediata.


La presidenta insiste en que es el momento de las definiciones y acusa una ultraderecha en su discurso soberanista. El análisis económico marxista progresista analiza a las derechas desde el mercado y las estructuras de propiedad, describen cómo el dinero y el poder corporativo capturan al Estado para garantizar sus ganancias. Su objetivo es entender a la derecha como la expresión política del gran capital y de las directrices financieras que emanan de organismos internacionales y de Wall Street.

A través del feminismo, por ejemplo las ideas de Nancy Fraser, Sheinbaum observa el capitalismo moderno como un orden social que sobrevive devorando sus propias bases de sustentación: la naturaleza, la política democrática y, de manera crucial, la reproducción social y los cuidados. El sistema necesita, de manera obligatoria, zonas de expropiación y despojo para que las zonas de explotación moderna sigan siendo rentables. Históricamente, México ha cumplido a la perfección ese rol periférico: un proveedor de recursos, mano de obra barata y un amortiguador social que absorbe los costos que las corporaciones estadounidenses no quieren pagar.


No se trata de un enemigo imaginario, sino de una corriente global en mutación que hoy es objeto de un riguroso esfuerzo de comprensión dentro de la intelectualidad progresista mexicana. Para esta tendencia, la ultraderecha norteamericana ha dejado atrás el viejo consenso del libre mercado para abrazar un nacionalismo cristiano, un supremacismo identitario y, de manera crucial para los sectores del progresismo más radical, un sionismo geopolítico instrumentalizado que vincula la expansión militar y el dominio financiero con mandatos teológicos de control global. Esta amalgama es la que presiona la soberanía nacional.


Es importante incluir otras miradas respecto del estudio y actuación de las derechas y ultraderechas. Desde algunos espacios de la academia y los seminarios de investigación histórica y sociológica, se rastrean los hilos transnacionales de este conservadurismo, los antropólogos se enfocan en la religión o en el pasado ideológico; mediante el análisis jurídico e institucional se desnuda su atrincheramiento en los poderes judiciales y el uso de la ley como arma política; desde la antropología social se desmenuzan sus alianzas con los fundamentalismos religiosos y el mesianismo político; mientras que la sátira y la gráfica popular traducen pedagógicamente este peligro para las masas.


Sheinbaum representa una anomalía discursiva que altera la digestión de ese capitalismo voraz. Está haciendo algo que la propia Fraser suscribiría: vincular la agenda de género a la justicia social y a la distribución de la riqueza. El segundo piso de la llamada Cuarta Transformación insiste en un feminismo de trasfondo social: elevar a rango constitucional la igualdad sustantiva, reconocer el trabajo de cuidados no remunerado y proveer transferencias directas a las mujeres de las periferias, las rurales e indígenas. Al hacer esto, el Estado mexicano intenta —con aciertos, contradicciones y resistencias— poner un dique a la expropiación silenciosa que nutre al capitalismo periférico. Intenta formalizar e institucionalizar lo que el sistema necesita mantener en la sombra y la precariedad.


Aquí es donde entra el enigma de Donald Trump. Si desde la fría lógica del capitalismo caníbal el modelo mexicano actual, con el nearshoring a tope y las cadenas de suministro integradas al tratado comercial, es inmensamente funcional para la economía norteamericana, ¿qué es lo que Trump realmente quiere arreglar? Trump no opera como un administrador racional del libre mercado, sino como el líder de un populismo reaccionario y un capitalismo mercantilista que necesita enemigos públicos para sostener su propia hegemonía doméstica. Trump no quiere destruir la funcionalidad económica de México; lo que busca es disciplinar los términos de la sumisión y capitalizar el miedo. Para la ultraderecha estadounidense, la retórica soberanista y el enfoque social de Sheinbaum son un estorbo ideológico. Al amenazar con intervenciones por el tema de la seguridad o amagar con castigos económicos, Trump busca dos objetivos caníbales: primero, garantizar que el Estado mexicano no se vuelva demasiado autónomo y siga conteniendo el flujo migratorio y las dinámicas criminales bajo las condiciones que a Washington le convienen; segundo, alimentar a su base electoral con la narrativa de que el caos exterior se frena con mano dura.


El recelo de la población hacia el neoliberalismo, neoextractivista o progresista, no es un dogma ciego, sino el resultado del despojo institucionalizado del pasado, es la resistencia de una periferia que, aun con sus contradicciones iliberales, se niega a ser devorada viva por el canibalismo del norte, obligando a los ciudadanos a definir si defienden el piso social conquistado o claudican ante el asedio de la reacción global. El pueblo llano no toma decisiones basado en un cálculo estadístico; sus opciones están drásticamente limitadas y moldeadas por la estructura de castas, el racismo estructural y la historia de despojo de su región. Modelar la política sin historia ni estructura social es miope: produce datos elegantes pero explicaciones superficiales.

 
 
 

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