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Todos somos Odebrecht y Lozoya

  • Apr 19
  • 2 min read

Diego Martín Velázquez Caballero

La retórica del humanismo mexicano naufraga hoy frente a la evidencia de una decisión histórica que se escribe con ambigüedad y contradicción. La reciente apuesta de la administración de Claudia Sheinbaum por reactivar proyectos de muerte en estados como Veracruz, Puebla, Tamaulipas y el sureste mexicano no es un error de cálculo, sino la confirmación de que la izquierda populista ha sucumbido a la misma pulsión rentista que juró combatir. Bajo el velo de una soberanía energética mal entendida, Morena abraza el neoextractivismo con una desesperación que delata incompetencia técnica y orfandad ética. No existe, por más que la narrativa oficial intente edulcorarlo, un fracking amable ni una minería a cielo abierto, ni rellenos sanitarios, ni ciudades modelo, ni aereopuertos que respeten la dignidad humana y la naturaleza. Al igual que sucedió con el peñanietismo o el morenovallismo, el Estado se erige nuevamente como el gestor administrativo de un expolio transnacional, reduciendo el territorio a una simple mercancía de commodities.

Esta vocación destructora homologa a la Cuarta Transformación con las sombras de un pasado que pretendían sepultar. El estruendo de la tierra en las sierras de Puebla y Veracruz, donde las entrañas del suelo retumban ante la fracturación hidráulica, es el grito de una naturaleza herida que el poder prefiere ignorar. Como bien han documentado pensadores de la talla de Naomi Klein o Jorge Lora, el neoextractivismo es intrínsecamente violento; no sabe gobernar, solo sabe administrar el despojo. La continuidad de esta política, reflejada en el desastre ecológico del Tren Maya y las refinerías, revela que los extremos se tocan en su desprecio por la vida. Al final, los supuestos puristas del régimen terminan justificando las mismas prácticas de muerte de los señoritingos del latifundismo, actuando como herederos de una casta política que solo busca la renta fácil mientras los defensores del medio ambiente siguen cayendo en una guerra de baja intensidad.

La incongruencia es total: mientras se discursa sobre el bienestar, se entrega el agua y el subsuelo al capital depredador, aceptando el fracaso rotundo de las políticas públicas de un Estado que se sabe incapaz de generar alternativas al margen de la devastación. Estamos ante un apocalipsis de baja frecuencia, similar a las visiones distópicas de James Cameron donde la tecnología se usa para la expoliación total. La izquierda latinoamericana, al igual que los tecnócratas neoliberales, parece atrapada en esa estupidez humana que prefiere la ganancia inmediata al resguardo de la existencia. México se convierte así en el escenario de una farsa trágica donde la bandera de la transformación sirve para envolver los mismos proyectos de muerte que desangran al continente desde hace siglos. La tierra no perdona la indolencia, y el silencio ante este neoextractivismo disfrazado de esperanza será, inevitablemente, nuestro propio epitafio.

 
 
 

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