Un Bocho en Teotihuacán
- Apr 27
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Diego Martín Velázquez Caballero
El eco de las detonaciones en la Pirámide de la Luna no solo fragmentó el silencio milenario de la Ciudad de los Dioses, sino que rasgó definitivamente el velo de una inocencia ideológica que México creía poseer por derecho propio. El incidente, protagonizado por un lobo solitario, se presenta ante la opinión pública como el estallido de un nihilismo narcisista que, bajo el barniz de un misticismo trasnochado, ejecutó un ritual de sangre en el corazón del México originario.Un joven morelense, atrapado en una alienación profunda, decidió habitar el cuerpo de un guerrero nórdico para purgar sus resentimientos contra la modernidad.
Como bien ha señalado el analista Carlos Ramírez, este evento representa la irrupción del terrorismo de ultraderecha en una fase donde la lucha por el pasado indígena se vuelve el centro del discurso nacional. Resulta paradójico que, mientras la presidencia reivindica la soberanía frente al viejo imperio español, un lobo solitario decida profanar el recinto de los sacrificios para rendir tributo a una cosmogonía ajena. Jasso, quien firmaba sus delirios literarios como Vilhjálmur M. Marsson, era un coleccionista de mitos pervertidos para una visión del mundo donde la política es sustituida por el destino biológico y la mística de la sangre. Su perfil de Jasso evoca a la Sociedad Thule, aquella organización esotérica que sirvió de sustrato ideológico para el nacionalsocialismo. Al igual que los miembros de aquel círculo sombrío, Jasso se alimentaba de una desesperación identitaria que buscaba redención en las ruinas y en una superioridad intelectual imaginaria. No es gratuito encontrar en sus motivaciones la sombra de figuras como Heinrich Himmler y Alfred Rosenberg, arquitectos de una religión racial que despreciaba el humanismo cristiano en favor de un paganismo bélico. Rosenberg planteaba la necesidad de sustituir las viejas verdades por una fe en la sangre, una idea que Jasso trasladó a la calzada de los muertos al identificarse con la figura de Thor, el martillo de los dioses, cuya estética cinematográfica editaba para alimentar su propia imagen sobrehumana.
La fecha del ataque, coincidente con el aniversario del nacimiento de Adolf Hitler y la masacre de Columbine, confirma que Jasso operaba bajo una lógica de calendario ritual. Para él, Teotihuacán era el nodo de poder perfecto, un punto de energía telúrica similar a los que François Ribadeau Dumas y Hans S. Bauer describen en sus tratados sobre ocultismo y sociedades secretas. Jasso se veía a sí mismo como un iniciado, un eslabón en la cadena de una élite espiritual que incluía una masonería que en realidad nunca comprendió. Es vital precisar que la francmasonería, con su imperativo de fraternidad universal y filantropía, es la antítesis del odio nihilista. Sin embargo, su retórica mezclaba la conspiración judío-masónica con el misticismo del Thule, una confusión intelectual que Oswald Spengler ya advertía en su decadencia de occidente al hablar de la fase final de las civilizaciones, donde el pensamiento racional es devorado por una nueva religiosidad mágica y violenta.
Este "espiritualismo" que algunos antropólogos han vinculado a corrientes mexicanistas o seguidores de la transformación nacional, tomó en Jasso un camino oscuro. A diferencia del misticismo de Antonio Velasco Piña o la narrativa de Patricia Zarco en El séptimo cadete, donde se busca una reconexión espiritual con la raíz mexicana, Jasso filtró la arqueología teotihuacana con la selva negra alemana y el demonio de Goethe. Sus ataques dirigidos hacia turistas canadienses y estadounidenses demuestran que su racismo no era una lealtad a lo hispano, sino un odio hacia el orden liberal del norte, una declaración de guerra de un "Marte Vengador" contra el materialismo que él consideraba decadente.
México debe concientizarse de la realidad constante donde los jóvenes, fuera del sistema productivo pero imbuidos de una narrativa de exclusividad esotérica internauta, pueden convertirse en ejecutores de un terrorismo ideológico importado. El aviso está dado en la cima de la pirámide: la violencia ya no es solo propiedad de los cárteles que emplean ejércitos juveniles también, sino que ha encontrado un nuevo territorio laboral en la mística del resentimiento. El lobo solitario murió creyendo que los dioses lo habían elegido, dejando tras de sí el rastro de una .38 y un vacío de atención histórico. La juventud mexicana frente a la falta de prospectiva y futuro en un sistema productivo que dote de sentido, encuentra en la mística del odio un territorio donde ser "alguien". En la eterna Ciudad de los Muertos, un bocho ideológico se ha estrellado contra el pasado sagrado, recordándonos que el nihilismo, cuando se viste de mito, es la amenaza más profunda para el alma de la nación.


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