UNAM GATTACA
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Xochitl Patricia Campos López
En los últimos años, la educación superior pública en México ha estado marcada por una serie de debates, escándalos y cuestionamientos que reflejan no solo las problemáticas internas de las instituciones, sino también las transformaciones sociales, económicas y tecnológicas que enfrentamos en la actualidad. Uno de los episodios más recientes y polémicos ha sido el escándalo derivado de los exámenes de admisión, como el de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), que ha puesto en evidencia las fallas y limitaciones de un modelo que, en su afán por garantizar -hipócritamente- la selección, ha generado prácticas corporativistas, redes mafiosas y un sistema clientelar.
¿Sirve la prueba de admisión en la época de la inteligencia artificial y las redes sociales? La respuesta parece ser que no. La tecnología ha democratizado el acceso al conocimiento y ha permitido que muchos estudiantes, incluso con recursos limitados, puedan aprender y prepararse de otras maneras. Pero, además, la calidad del proceso formativo interno de las universidades, su ambiente y su cultura académica, son mucho más determinantes que un examen de admisión. La experiencia revela que muchos que logran ingresar mediante estas pruebas, en realidad, no terminan aprovechando la educación, evidenciando un sistema que, en la práctica, favorece las redes, el corporativismo y las prácticas de feudalismo gremial dentro de las instituciones.
Desde hace décadas, la prueba de admisión ha sido el principal filtro para acceder a la educación superior en México. Sin embargo, en la era de la inteligencia artificial, las redes sociales y la globalización del conocimiento, su pertinencia se vuelve cada vez más cuestionable. Como reflexionaba Umberto Eco en su libro Apocalípticos e integrados, la cultura de masas se impone de manera amplia, radical, a veces poco civilizada y salvaje.
Varios años atrás, Gabriel Zaid cuestionaba la efectividad de la educación masiva en México. Aunque se ha ampliado la cobertura, esto no ha significado necesariamente un cambio sustantivo en la calidad, ni en la capacidad de transformar las estructuras sociales y económicas. La educación se ha convertido en un instrumento más de reproducción social, en lugar de una vía de emancipación y cambio. Andrés Oppenheimer, en su análisis sobre América Latina, señala que la educación en la región produce poco impacto en las comunidades, que las remesas, la economía informal y los sectores de trabajo duro o el entretenimiento son los verdaderos motores de crecimiento y supervivencia. La cultura corporativista, clientelista y caciquil de Iberoamérica; muestra que los procesos formativos de la educación superior, no son suficientes para transformar las desigualdades estructurales.
Los desafíos derivados de la pandemia, la guerra económica entre China y Estados Unidos, y la falta de innovación tecnológica, han exhibido los límites de las instituciones universitarias en México y en muchas partes del mundo. La universidad pública, que debería ser un espacio de innovación, crítica, desarrollo tecnológico y formación de ciudadanía, en ocasiones actúa como un laboratorio de prácticas arcaicas, o incluso, como un cementerio de ideas y energías.En muchas universidades públicas y privadas, los procesos internos están contaminados por prácticas corporativistas, redes mafiosas, y un corporativismo que favorece la corrupción absoluta. La crisis interna se refleja en la ineficacia para preparar a los estudiantes para el mercado laboral, en la inasistencia masiva, y en la falta de innovación pedagógica.
La cuarta transformación en México ha intentado ampliar el acceso a la educación superior, alcanzando niveles históricos de matrícula. Sin embargo, abrir las puertas sin cuestionar la calidad y el ambiente interno de las instituciones puede ser una estrategia limitada. La existencia de exámenes de admisión, en un contexto donde la tecnología y las redes sociales facilitan otras formas de acceso y preparación, resulta cada vez más obsoleta y, en muchos casos, una fuente de prácticas corruptas.
¿Qué sentido tiene invertir recursos públicos en procesos de selección que, en la práctica, no garantizan la calidad del ingreso ni el aprovechamiento académico? Lo importante, más allá de quién entra, es qué pasa dentro de las universidades: cómo se forman los estudiantes, qué valores se transmiten y qué capacidades desarrollan para afrontar los desafíos del mundo contemporáneo.
No basta con reformar los procesos de admisión. Es imprescindible repensar el papel de la universidad pública en México. La crisis de la educación superior no es solo de recursos, sino de modelos pedagógicos, de cultura institucional, y de la capacidad de adaptarse a los cambios tecnológicos y sociales. La inteligencia artificial, las redes sociales y la globalización exigen universidades que sean espacios de innovación, pensamiento racional y formación ética.
Si la universidad pública desapareciera o se redujera a un mero espacio de reproducción de prácticas arcaicas, el Estado perdería uno de sus principales instrumentos de civilización. La educación superior debe convertirse en un espacio de transformación social, en un motor de innovación y ciudadanía crítica.


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