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Vamos a ver

Diario de un reportero

Miguel Molina


No se me olvida que un viernes de otro tiempo pasamos varias horas en el aeropuerto Arturo Benítez de Santiago antes de volar a Montevideo. Era una vastedad de pasillos vacíos, una carreta con asuntos enlatados, y un boliche donde uno podía tomar un trago de lo que fuera mientras esperaba el avión que iba a donde uno iba. Poco o nada más: era una estructura grande donde no había mucho. Ahora es otra cosa.


Hace quince años, el aeropuerto Indira Gandhi de Delhi era un grupo de galeras de donde uno salía a enfrentar la multitud que pedía algo, o lo vendía, o se ofrecía a conseguirlo, y sentía el calorón y se daba cuenta de que estaba en otro mundo. No había tiendas ni restaurantes ni cafeterías ni librerías ni nada. La última vez que fui, hace tres o cuatro años, el aeropuerto era un edificio amplio y limpio con todo lo que no tuvo antes. El lugar olía a perfumes caros, incienso y curry si uno se acercaba a la zona de restaurantes.


Y entonces leo las loas y las críticas al aeropuerto Felipe Ángeles, y me doy cuenta de cómo va la vaina: se hace algo, a la carrera y todo, y se termina hasta donde se puede, y la historia es que había una señora vendiendo tlayudas, igual que las taquerías en el Benito Juárez, de las que no dicen nada los expertos de hoy en terminales aéreas que eran expertos en otra cosa antes. Lo que haya

salido bien no es relevante. Lo que importa es señalar lo que salió mal o creemos que salió mala o queremos que haya salido mal.


Hay quienes se quejan de que en el Felipe Ángeles todavía no hay bancos ni casas de cambio ni centrales de taxis ni transporte rápido y eficiente, ni acceso a internet, ni cafeterías ni bares ni restaurantes ni hoteles ni casi ninguna otra cosa. Otros se quejan de otros asuntos mayores y menores. Otros más denuncian que hubo manos corruptas en las concesiones de contratos, y más y menos.


Muchos se apresuran a comparar el Felipe Ángeles con aeropuertos que llevan años de operación en otras partes del mundo, aunque las comparaciones sean injustas porque Schiphol (en Amsterdam) comenzó a operar hace ciento seis años, Orly (en París) hace noventa años, el Adolfo Suárez (en Madrid) hace noventa y un años, y el de narita (en Tokio) hace cuarenta y tantos años.


Nada es para siempre, y menos en la vida de un aeropuerto. Como en muchas otras cosas, no sabemos qué va a pasar. Eso se sabrá tarde o temprano, porque habrá que ver la oferta y la demanda, según el mercado y lo que hagan en él los responsables de este proyecto. Por lo pronto hay pocos pasajeros y pocos vuelos. Si la cosa sigue así dentro de algunos meses, habrá que preocuparse. Pero vamos a ver. Claro que vamos a ver. Y luego habrá que ver cuánto costó en verdad y por qué, y otras cosas.


Joaquín me preguntó

Cuando Joaquín tenía doce años me preguntó cómo eran las computadoras cuando yo era niño. Le tuve que decir que no había, y si había eran como tres

refrigeradores grandes juntos. Me acordé de esa vez cuando pensaba qué le diría a mi hijo – que ya no tiene doce años y es maestro tatuador – si me preguntara sobre los presidentes de México.


Tendría que decirle que el país no ha tenido líderes sino caudillos, hombres fuertes, de armas tomar, herederos de un sistema que en realidad parece haber cambiado poco. Lázaro Cárdenas unió al país cuando decretó la expropiación petrolera, y Adolfo López Mateos cuando anunció la nacionalización de la industria eléctrica. No recuerdo otro presidente que haya unificado a la nación de ninguna otra manera, aunque mi memoria puede traicionarme.


Tendría que decirle que la política mexicana sigue siendo cosa de a quién saluda el presidente, a quién sientan en qué parte, quién va y quién viene y quién recibe una caricia en la cabeza, quién está en la foto y quién no está y por qué no está, y quién llora de emoción y quién llora de coraje y de tristeza (aunque de estos y estas no se habla), y a quién mencionan en qué medios, y qué puesto hay disponible para la distinguida dama o el importante caballero.


Tendría que decirle que la cosa no debería ser así, aunque él ya lo sepa. Ya hay candidatos a muchas cosas, y poco o nada se conoce de su forma de pensar, de su carrera política y sus logros y sus propuestas. No hay mucho de eso. Pero serán candidatos a algo y tal vez terminen mandando una u otra cosa nomás porque salieron en la foto cerca del Hombre. Lo que hay es lo que dije: quién más salió en esa foto y en qué parte de la foto y etcétera. Como si eso fuera lo importante. Con qué cara le voy a decir eso a mi hijo.


Desde el balcón

Hay luz de sobra. De pronto son las seis y el sol sigue donde estaba, y los jacintos huelen a primavera, y un aire fresco da ganas de seguir sentado viendo cómo se acaba el día y cae la noche. Y en alguna parte, ni tan lejos ni muy cerca, la guerra mata y destruye lo que toca. Es una vaina de no creerse.

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