Ya no hay agua

Diario de un reportero

Miguel Molina


Todos somos Nostradamus de la política. Sabemos qué significa que este se haya sentado a la derecha del otro, y entendemos qué significa cada aplauso para cada quién, analizamos lo poco que hay, y emitimos una profecía que será distinta mañana aunque nada haya cambiado. Pero más allá de la vida cortesana, de la duración del aplauso, de la declaración y el discurso, el mundo se está echando a perder y ya no hay agua.


No hacen falta profecías. Más de doce millones de mexicanos no tienen agua potable, y – como advierte un documento de la Comisión de Recursos Hidráulicos, Agua Potable y Saneamiento de la Cámara de Diputados – no hay capacidad para ampliar las redes de suministro ni de alcantarillado, no hay dinero para construir tanques elevados, ni para establecer sistemas de monitoreo de la calidad del agua y de los sistemas de potabilización. Hay lo que hay. El agua es nuestra pero no sirve de mucho.


El asunto va mucho más allá: según la Comisión, más de setenta por ciento de nuestras cuencas, lagos y lagunas, y casi noventa por ciento de las fuentes de agua, están contaminadas. Lo que queda, por ejemplo en Veracruz es lodo seco. Pablo Robles Barajas, director de la Comisión Nacional del Agua en la Cuenca Centro, señaló que en los últimos cien años han desaparecido más de ciento ochenta lagunas y otros cuerpos de agua dulce en el estado.


Cuando mucho hay planes que se quedan en el papel en que están escritos. Trato de encontrar en internet o en la memoria alguna obra pública que ofrezca agua potable en alguna parte, alguna acción oficial que limpie las aguas sucias de alguna otra parte, y encuentro historias de sequías de antes y de ahora y proyectos de quién sabe cuándo perdidos en una ciberesquina, pero ninguna otra cosa útil.


Tendríamos que aprender a manejar el agua – captarla, purificarla, distribuirla – porque puede cambiar las vidas de millones. El litio va a esperar como muchas otras cosas de otros tiempos, porque todavía no hay cómo sacarlo, no hay cómo procesarlo, ni se sabe qué hacer con el desperdicio (para producir una tonelada de carbonato de litio se necesitan más de dos toneladas de sosa cáustica).


Los que no van a esperar son los consorcios internacionales, que ya promueven negocios con el mineral mexicano, como Bacanora Lithium, que hace más de diez años compró los derechos de varios yacimientos, entre ellos el depósito de La Ventana, uno de los más importantes de México. Pero el asunto del agua es más serio, y sin duda más urgente porque afecta de manera directa las vidas de millones.


En fin. Mientras algo pasa, si es que pasa, tendremos que conformarnos con leer las historias de la sequía y mover la cabeza. No hay para dónde correr. Nadie hace nada. Se ensució el agua de beber.



Desde el balcón

Uno regresa después de una semana en Madrid, y se sienta en el balcón a salvo del bullicio, todavía con la conciencia tranquila después de ver obras mayores y menores, conocidas y nuevas, después de toda esa comida y todos esos vinos, y el gentío que llenaba en voz alta casi todas partes. Oye el silencio. Es mayo.