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Yolanda

Puros cuentos

Perciles

Prácticamente todo lo que se sabía de Yolanda era nebuloso. Nada de ella se sabía a ciencia cierta, excepto que leía la mano y en casos difíciles hasta los pies. No era gorda ni delgada, ni alta o baja. Y su edad, igual de evasiva que su origen. Todos me la mencionaban como acertada en casos desesperados y sin salida. No podía decidirme a verla, hasta que mi compadre me dijo: “compadre, me voy de la ciudad y sólo” Incrédulo respondí: “Pero ¿qué pasó?” Mi compadre agarró aire y dice: “Yolanda, me dijo que me fuera lejos si quería encontrar fortuna “ Conociendo a mi compadre no sabía si creerle o no, hasta que regresó 6 meses después con un carro nuevo y con planes de comprarse otra casa. “Es que ya no cabemos” me dijo como excusa. Perplejo, decidí consultarla más por curiosidad que necesidad. Encontrarla fue fácil, lo difícil era hacer la cita. Todo parecía que se movía por la ciudad constantemente y sin horario o lugar fijo donde adivinaba. Al fin pude hablar con ella un martes ya tarde y lejos. Cuando la vi no sabía si era ella hasta que me miró raro y sospeché que a lo mejor me estaba leyendo. Lo primero que me dijo fue: “Págueme lo que quiera” Cosa que no entendí, por la razón que si le daba poco, quizá la sesión era corta y si mucho, a lo mejor me iba a decir cosas que no quería oír. No sé si fue intuición o el silencio, pero de repente dijo: “Puede pagar con tarjeta” Y ahí es donde entendí que el pago era proporcional al problema. Sin embargo, como para mí solo era curiosidad, saqué un billete de a veinte y lo deposité en el jarrón de vidrio junto con los otros. “Póngase cómodo, nada más que lávese las manos y quítese los zapatos” dijo como de mal humor. Hice lo que me ordenó y dice: “Siéntese aquí, que ahora regreso”. Me senté en la mesita cubierta con un mantel negro aterciopelado y debajo de una lámpara que daba más oscuridad que luz. Al rato, regresa Yolanda irreconocible. Si la encontré joven, ahora se veía vieja o al revés. Y si la encontré alta, ahora se veía diminuta. Y así, como todo alrevesado se sentó y amablemente me dijo: “Ok, deme su mano izquierda “ oliendo a cigarro. En lo que le doy mi mano, saltó un gato negro sobre la mesa adivinadora y se puso entre los dos como celando. “Es gata” dijo Yolanda, por si acaso. Luego dice: “Esmeralda, que haces, ven mi amor “ con cariño familiar y posándola en su regazo. Y no sé si leí demás o me lo imaginé, pero lo que siguió parecía un espejismo. “Uffffffffffff “ se oye de ella. “Júpiter se está eclipsando con Saturno “sentencia bajo la mirada manual. En lo que lo dice, súbitamente la gata salta hacia una repisa y en la rapidez del movimiento, apaga una de las veladoras aromáticas. No sabría decir si fueron mis nervios o el miedo, pero sentí un frío subiendo y un calor bajando por todo mi cuerpo. Y esperando que concluyera dice: “Hasta ahí llegan sus veinte pesos”. Ya intrigado y con la curiosidad redoblada, rápidamente y sin decir palabra saqué mi tarjeta y la puse en la mesa para que no se perdiera el trance. A lo que Yolanda, como suspirando y pretendiendo tener sus ojos cerrados, prosigue misteriosa y pausadamente: “Ya eclipsados los planetas veremos para siempre” al mismo tiempo que yo empujaba la tarjeta con mis dedos hacia ella. “Aaaaaaaaay” grita de repente y con los ojos en blanco. Y en lo que retuerce su cuello hacia atrás, comienza como a convulsionar y hablar en lenguas. De la impresión me iba a parar, pero de su boca empezaron a salir ruidos raros, como de espíritus chocarreros que dicen: “Perdiste lo que nunca ibas a tener” Por lo que me quedé perplejo e inmóvil. No sabiendo que decir, Yolanda lo dice por mí: “Hay que esperar a que se desenclipsen los astros “ como dirigiendo el tráfico. Pausa llena de gemidos y contorsiones leves de la cintura para arriba, como si la tormenta espiritual se fuera retirando. Me sentí obligado a decir algo pero la gata volvió a saltar a la mesa como queriendo prevenir que no me saliera del mundo fantasmal. Después de suspiros y tronadero de cuello Yolanda dice: “Mejor regrese mañana” limpiándose el sudor con un pañuelo. Salí más confundido que incrédulo, sin embargo tenía que regresar por el último comentario que me dijo la médium al salir. “Va ser niño” Comentario que me hizo sentir emocional y mentalmente desnudo. Regresé con mi compadre y mi esposa embarazada en mi mente, sin recordar que se me había olvidado mi tarjeta sobre la mesa gatufela la noche anterior. El entrar de nuevo encuentro a Yolanda irreconocible, que me recibe con una amplia sonrisa y con la gata entre sus pies. “Se le olvidó su tarjeta” dice mirando hacia la mesa. Efectivamente, mi tarjeta estaba ahí, pero al revés. Seguí la rutina del día anterior y me senté donde mismo. Esta vez, Yolanda olía a frutas frescas y me miraba a los ojos como queriéndome hipnotizar. “Hoy vamos a tratar la derecha” Y en lo que la examina detenidamente dice: “Nada mal para ser la derecha” “Pero para estar más seguros, deme su pie derecho” “Mmmmmmm veo que es zurdo” dice atinadamente. “sin embargo, los cuerpos celestiales son tan evidentes como en su mano izquierda” De nuevo en el misterio, inconscientemente moví mi pie izquierdo como para una lectura final y en lo que me quité el calcetín, la gata salió corriendo y la adivinadora empezó a gritar: “Por el dios Exus, sálgase de aquí inmediatamente!!” ya con los ojos saltados y la boca espumosa. Por lo que agarré mis cosas y salí descalzo y sin decir nada. En la confusión, ya no supe si mi tarjeta no pasó o me olían los pies. Meses después, mi esposa tuvo una niña y a mi compadre lo metieron a la cárcel por fraude. Raro que pude encontrar un mejor trabajo y también me pude arreglar unos juanetes. De Yolanda ya no oí nada, solo rumores de que se había regresado con los gitanos a la India. Del dios Exus, después supe que era el dios de los planetas extremos y capaz de voltear lo derecho al revés y viceversa. Y ya reflexionando, para mi que Yolanda me echó la maldición volteada pues mi vida cambió para bien y gratis. FIN


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